El hijo del Samurái

El hijo del Samurái

Un japonés con corazón de mexicano

POR ANA PATRICIA VALAY

Con Don Genaro Nonaka García es una verdadera delicia platicar. Podría uno pasar horas sin notarlo. La forma en la que narra la historia de su vida, pero sobre todo la de su padre, Don Kingo Nonaka, mejor conocido como el Samurái, te hace imaginar muy vívidamente cómo sucedieron los hechos y cuál es su trascendencia.

A sus 89 años, los que no aparenta en absoluto, con una memoria envidiable, el heredero, el hijo del Samurái nos cuenta sobre el gran legado que su papá de origen japonés dejó en México, y específicamente en Tijuana, y curiosamente lo hizo, el día en que su padre cumpliría años.

Don Genaro se vuelca en admiración por su padre, y pareciera que, al narrar su historia, él mismo la estuviera viviendo. Fueron muy unidos, pero después de que él falleciera, los lazos se estrecharon, sobre todo cuando encontró la autobiografía que Él escribió.

Y así nos cuenta algunos capítulos de la historia del Samurái.

 

Buscando el sueño mexicano

Luego de la guerra de independencia, había pocos hombres en México para trabajar la agricultura, la minería, o en el ferrocarril. El gobierno envió misivas a varios países buscando la emigración de trabajadores extranjeros; el único país que contestó fue Japón, país que en aquel entonces tenía 30 millones de habitantes y escasez de trabajo. Así, un jovencito Kingo, de familia campesina, quien a su corta edad además de campesino, practicó buceo en la pesca de perlas, se aventura a salir de Japón, buscando el sueño mexicano.

“Mi papá junto con sus connacionales, caminó tres meses por las vías del tren, padeciendo enfermedad, frío y hambre; muchos se quedaron en el camino, pero él siguió y siguió hasta llegar a Ciudad Juárez. Ahí, sin hablar español y a la edad de 17 años, durmió en una banca, sin bañarse ni comer, hasta que la Sra. Bibiana Cardón, enfermera del hospital civil y militar de Cd. Juárez se apiadó de él, y lo adoptó como su propio hijo, bautizándolo como José Genaro”.

Así, poco a poco, de barrendero, Kingo fue aprendiendo el oficio de enfermero, hasta llegar a ser cirujano con licencia para ejercer… después, se convirtió en revolucionario.

 

Un japonés revolucionario, que curó a Francisco I. Madero

En 1911, de vacaciones por Casas grandes donde los revolucionarios combatían al coronel Agustín Valdés, Francisco I. Madero resultó herido en un brazo, y gracias a su profesión y a la reputación de Nonaka, le pidieron fuera a curar la herida de aquel hombre, de quien desconocía su identidad; resultó ser Madero a quien el curó, y así fue reclutado como enfermero por los revolucionarios.

Posteriormente participó en el batallón de salud al lado del general Francisco Villa, recorriendo el norte del país y siendo nombrado Capitán, por ello, muchos años después, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, lo reconoció como veterano de la Revolución.

Y así lo resume su hijo menor, Genaro…

“Papá se hizo revolucionario, y entre líneas él aprendía las cosas de la forma más difícil, porque él era autodidacta”.
Posteriormente, el capitán regresó a su antiguo trabajo en el Hospital de Ciudad Juárez donde conoció a Petra García, zacatecana, que trabajaba en la lavandería. Se casaron y tuvieron cinco hijos.

 

Captando a la Tijuana trabajadora

En 1921, El Samurái decide venir a California, y termina quedándose en Tijuana donde, aunque vio mucho turista, “también vio a una pequeña ciudad joven con muchos deseos de progresar, y con muchas oportunidades para hacerlo”, nos relata Don Genaro.

Después de varias peripecias, buscar oro en una mina y ser barbero, decidió dedicarse a la fotografía, convirtiéndose en el primer fotógrafo de la ciudad.

“Se dio cuenta que había una parte de la ciudad donde había pleitos en las cantinas, norteamericanos ya borrachos, ¡escándalo!, pero del otro lado de la Avenida Revolución estaba la gente que trabajaba día tras día para llevar sustento a su familia, y empezó a retratar la vida común de Tijuana”.

Don Kingo fotografió los eventos culturales, sociales, religiosos, las fiestas de navidad, incluso a los presos que había en la década de los 20s y 30s.

“Sus fotografías se han convertido en fundamentales para entender la época de la Tijuana de ese tiempo y han dejado una huella imborrable en la historia de nuestra ciudad”, ha dicho José Gabriel Rivera Delgado, investigador y fundador del Archivo histórico de Tijuana.

Don Kingo también fue policía, investigador, y ya en CDMX a donde se tuvo que ir por decreto presidencial en la época de Cárdenas, fue fundador del Instituto Nacional de Cardiología.

 

Una historia digna de recordar

Así Don Genaro Nonaka, ha hecho un trabajo arduo e incansable, por preservar todo lo que hizo su padre, y por velar que la historia de Tijuana no se pierda, y ese es entonces, su propio legado. Es de los fundadores del archivo histórico de la ciudad, y ha sido reconocido como forjador de Baja California, como todo un digno hijo del Samurái.

 

Sabías que…

Don Kingo Nonaka tomó desde la rampa ascendente de la colonia independencia, la famosa foto panorámica de la Tijuana de 1924.

 

 

 

 

 

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