TRADICIÓN NO ES DESTINO

TRADICIÓN NO ES DESTINO

Cuanto menos se piensa, mejor se habla

Fernando Savater (La Voluntad Disculpada)

 

Por Luis Miguel Auza

Las tradiciones son para los historiadores un pequeño remanso en el ajetreo esquizofrénico  de la siempre inestable historia. En realidad son refugios temporales que cambian, a veces de manera imperceptible, pero que siempre cambian. Desde ellos podemos atisbar, sin peligro de ser arrastrados por la corriente de los hechos, un mundo azaroso, veleidoso y caprichoso que parece tener sentido sólo cuando nos refugiamos en nuestros usos y costumbres.

Pero la realidad es contundente, la corriente de la Historia avanza y las tradiciones se diluyen, desaparecen, o en el mejor de los casos se transmutan o se transforman. El vino francés y en menor medida el italiano, el español y el alemán, vivieron desde los tiempos romanos hasta bien entrado el siglo XX, en un paraíso amurallado e impenetrable. Europa se descubre a sí misma como el vergel exclusivo e insustituible en el que serán plantadas las miles de variedades de vitis habidas y por haber.

Sus suelos, su clima, sus ríos, en resumen su orografía, o su terroir, como suelen llamar con  una sola palabra a todas estas condiciones los productores franceses, será la tierra elegida en la que florecerán las vides viajeras, y en muchos casos, se domesticarán las endémicas, que nunca fueron pocas.

Nacieron entonces las tradiciones vinícolas, las regiones distinguidas y acotadas, las clasificaciones rigurosas y excluyentes, las denominaciones de origen, protectoras y discriminatorias.

Imposible pensar entonces que en algún otro lugar del mundo conocido se pudieran dar las condiciones para elaborar algo parecido siquiera al vino europeo en general o al francés en particular.

Nadie, en las cortes europeas, hablaba de otros vinos que no fueran franceses, calidad por antonomasia que va sofisticándose, no cabe duda, por méritos propios, pero sin pensar que todo cambia, que ni siquiera el mundo en el que habitamos se está quieto y en el mismo lugar.

Se produce vino a raudales en Francia. La arrogancia, prima hermana de la soberbia y su mustia máscara que es la vanidad, anestesian la capacidad de los franceses para pensar con lucidez qué hacer cuando aparece, quién sabe de dónde y porqué, la undécima plaga de Egipto encarnada en un despreciable e inmundo insecto: la filoxera.

Los grandes Chateaux y Domaines europeos fueron testigos mudos de su propia debacle. La devastación cimbró la forma tradicional de hacer vino. Nadie, ningún productor del Viejo Mundo, pudo siquiera imaginar, que acabada la tempestad, habría que recurrir a un antídoto sorprendente para recuperar los cultivos vinícolas en casi toda Europa, la utilización de una prótesis natural, inmune a los efectos de la epidemia, importada del otro mundo, el ajeno, hasta ese entonces, al tesoro exclusivo de Europa.

 

Revolución que florece

En sentido contrario, fue un ruso, André Tchelistcheff, quien revolucionó la forma de hacer vino en Estados Unidos en la década de los treinta del siglo pasado. De la mano de pioneros como él y otros tantos que fueron llegando a nuestro continente durante los siguientes años, florece y se afianza una industria, que poco tiempo antes era impensable.

La tecnología aplicada a la industria del vino avanza con pasos de gigante durante la segunda parte del siglo XX. Nuevos métodos de riego, tanques de acero inoxidable,  fórmulas nuevas para controlar la temperatura de la fermentación, y sobre todo, la elección sistemática de las variedades de uva para cada región, según sus propias características, fueron detonantes de un fenómeno que sucede en un momento crucial y que ilumina el cielo vinícola mundial como una fiesta de juegos pirotécnicos transformando para siempre la manera de entender el vino. A partir de ese momento el vino se hace universal, por no dejar de utilizar un término poco más que soberbio.

Dice Hugh Johnson, y dice bien, que el siglo XXI no es el de la emulación, sino el de la invención de nuevos idiomas, hablando en términos vinícolas. Los vinos del Nuevo Mundo se benefician con todo ello. Finalmente, si una tradición es un muro que separa e impide, habrá que pensarlo bien, hablar menos y tomar con fuerza pico y marro.

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