Papi en él…

Papi en él…

 

 Por Maru Lozano

 

Gordito, mi amor, mi cielo… papi.   ¿Cuando el esposo es “papi”? Todo empezó tan bonito ¿en qué momento se empezó a descomponer todo?  ¿Desde cuándo somos enemigos íntimos?

¿Te acuerdas cuando estaban saliendo y se estaban conociendo?  ¡Todo era perfecto; coincidían, cedían!  Bueno la explicación es que el estado de enamoramiento estaba al tope.

Pero de repente bajan los niveles, y la dopamina y demás sustancias se van, el cuerpo se equilibra y ¿qué crees?  Ya asentadas se ve la realidad.  Ahora cae gordo que sea impuntual, te choca que sea el alma de la fiesta, y bueno… ¡hasta ciertos olores te molestan!  ¡Fraude!

El caso es que ya no está presente tu mejor actitud, y entran a escena dos actores principales: las figuras de autoridad que tuviste, y tus carencias por experiencias dolorosas o difíciles.

Si alguien nos hubiera dicho que nuestra relación de pareja la elige este estado carente, hubiéramos mejor ido a terapia antes de meternos con alguien.  Pero la verdad es que, si siempre escuchamos que nuestra mamá descalificaba a papá, que éste no tenía espíritu de lucha, que era tibio, etc.,  estas aseveraciones se instalaron en nuestro inconsciente, y sobre esta base edificamos nuestras creencias y vivencias.  Y cuando vimos a un hombre que no daba el ancho, pues fue entonces la opción perfecta porque cuadraba con lo conocido.

 

Cuando dejamos atrás la intuición

Cuando entra la conciencia, es obvio que surgen los conflictos, y ya no aceptas lo que estás viviendo.  Es que antes todo era intuitivo; ahora surge la razón y pues ya disgusta.

¡Ah! pero se te acercaron mil hombres sanos y buenos, y corriste porque no te atraía algo poco familiar, ¡qué miedo!

Toda esta carencia también aplica a las experiencias pasadas con parejas en las que no cerramos ciclos.  No necesitamos hablarles, simplemente trabajarlo; soltarlo y darle vuelta a la página.

Los dolores que no se cierran generan ideas defensivas, y por eso de repente volvemos a elegir a alguien similar y reproducimos lo mismo.  ¡Quien no repara, repite!.

Si elegiste a alguien como papá, bueno -el papá que tu mamá te pintó- pues de alguna forma al estar con alguien así se confirma tu teoría, y aunque no es linda la experiencia, es como un modo de asegurarte.

Si te portas como hija con tu pareja, pues ¿cómo quieres que en la relación sexual se cumplan esos deseos y fantasías de película?   ¿Cómo le hablas entonces para pedirle dinero?  ¿Cómo reaccionas si te raciona o esconde las provisiones?

Si vivimos desde el referente que se nos dijo acerca de los hombres, entonces todo lo bueno pasa a segundo plano y no se ve.  Se pierde la espontaneidad, y no se crece con el otro por estar montadas en nuestras teorías y el empeño en probarlas.

Te aíslas, ya no te apura cubrir sus necesidades o compartirlas; empiezas a controlar desde tu pasividad, y el resultado pues ya lo sabemos.

Actualmente la mujer que trabaja, viaja, es ejecutiva y productiva, de repente se fascina con este rol, y olvida que un hombre es tal, y por lo tanto no se le permite ejercer como pareja, y si lo ignoras, le reclamas, no reconoces sus esfuerzos, aquí es cuando te conviertes en su mamá y eso lo reventará.

 

¿Qué hacer?

¿Divorciarse? ¿Hay soluciones? Sí las hay:

  • Date cuenta lo que estás proyectando.
  • Deja de interpretar.
  • Deja de reproducir temas de experiencias pasadas ahora, y no le cobres a tu relación factura de situaciones que no le van.
  • Trabaja en psicoterapia temas inconclusos, experiencias obsoletas y creencias instaladas sin digerir.
  • Integra lo que sientes, y hazte cargo de ello para ponerle punto final a las vivencias que repites y poco sirven.
  • Velo a los ojos y tócalo cuando hables con él. Es un ser que siente, y desea amor igual que tú.
  • Papá es papá, y tu pareja es tu pareja. Permítele ser.  Camina de la mano con él.
  • Acompáñense, salgan juntos, enfóquense en lo bueno.

 

 Al interior de un hijo

“Amo a mi papá, siempre nos abrazamos, vemos la tele juntos y cuando salimos me siento junto a él.  Con la que no me llevo mucho es con mi mamá; siempre se enoja conmigo de todo y discutimos siempre.  Por eso, cuando llega mi papi soy la mujer más feliz del mundo”.

Priscila, 11 años. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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