MOSCATO

MOSCATO

“Uva que sólo madura bien, bajo el clima del naranjo y el olivo”.

Manuel Rojas

 

Por Dionisio del Valle

Somos, probablemente, una de las familias más numerosas y antiguas descendiente de la Vitis Vinífera. En total sumamos más de doscientas variedades y todas llevamos orgullosas el nombre de Moscato o Moscatel, adornado con segundos apelativos que complementan nuestra alcurnia. Unas somos de Alejandría, otras de Hamburgo u Ottonel o de Grano Menudo, por poner sólo unos ejemplos.  Algunos ampelógrafos ubican el origen de nuestros ancestros allá por el año 3,000 antes de nuestra era, en la antigua Persia, aunque todos coinciden que empezamos a ser cultivadas con esmero y pasión unos 2,500 años más tarde.

 

Mi familia es de lo más versátil. Con nosotras se pueden obtener uvas para mesa, dulces y jugosas, también pasas de la mejor calidad, gracias a nuestra gran capacidad para resistir el calor y por ser muy adaptables a los suelos áridos o francamente desérticos, además de magníficas bayas para hacer vinos, secos o dulces.  Debo reconocer que a pesar de ser  parientes, la mayoría de quienes llevamos encima el nombre de Moscato, Moscatel, o Muscat, que para el caso es lo mismo, tenemos poco en común, sin embargo lo que nos identifica es nuestra personalidad a la hora de convertirnos en vino. Nuestro carácter es dulce, tenemos una fragancia floral muy atractiva y, si se interrumpe la fermentación de nuestros mostos permitiendo que conservemos algo de azúcar residual, somos capaces de crear vinos de postre de extraordinaria calidad. No se sabe a ciencia cierta, pero se dice que nuestro nombre, elegante y contundente, puede derivarse del que tiene ese molesto insecto volador que tanto nos agobia, me refiero a la mosca de la fruta. Otros se refieren a la ciudad de Mascate, capital de lo que ahora es el sultanato de Omán, y unos más a la pequeña ciudad de Moschato en la península griega. Si ustedes no tienen inconveniente y alguien les pregunta, digan que la cosa está entre las dos últimas versiones, porque aquello de la mosca no acaba por convencernos.

 

Cuando hacemos equipo logramos vinos de una calidad extraordinaria. Por ejemplo, cuando la Moscatel de Alejandría decidió hacer pareja con la Moscatel de Grano Menudo y echaron raíces en un lugar llamado Rivesaltes en el Rusillón, nacieron unos vinos a los que llaman vine doux naturelle (vino dulce natural) que son una verdadera delicia para acompañar los postres más sofisticados que se puedan ustedes imaginar. Sobre todo, vale la pena comentarlo, cuando esos postres no son precisamente dulces, o cuya dulzura es discreta y se esconde un poco entre otros sabores, como las tartas Sacher y otros del estilo en los que los protagonistas son la almendra, la avellana o el chocolate amargo. Regresando a nuestros orígenes ya podrán ustedes imaginar la cantidad de historias que se han tejido a nuestro rededor. Un ejemplo es la ya mencionada Moscatel de Alejandría, quizás la más conocida de todas.  Es cierto que empezó a cobrar fama en las costas orientales del Mediterráneo, pero no tenemos evidencias claras del lugar en el que empezó a dar sus primeros frutos; lo que es un hecho es que no nació en Alejandría, aunque quizás ahí haya alegrado la vida de un sinfín de nobles egipcios.

 

No son pocas las variedades italianas de las que se sospechan relaciones muy íntimas con nuestra familia, como es el caso de la dulce Fiano de Campania, una de nuestras primas más querida.  Y algo más, un conocido enólogo ítalo-mexicano sospecha que pudo ser una Moscatel la que después de un largo y tortuoso viaje fue bautizada en éste continente con el nombre de uva Misión, cuando llegamos a hacer la América, hace poco más de quinientos años. Por cierto, este asunto de poder viajar sin visa entre Francia y México lo debemos al atrevimiento de un enólogo mexicano que anda volando en la Tropósfera, lo que permite encontrar en éstas tierras un vino francés con alma mexicana de nombre Muscat, de la bodega La Borde Vielle, que quiere decir la Casa vieja, una pequeña propiedad al pie delos Pirineos.  Un vino de postre intenso en aromas y sabores, una especie de ángel de la guarda y de dulce compañía que les recomiendo probar para que vean hasta dónde podemos llegar cuando somos bien recibidas.

 

 

 

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