“Mal con él, mal sin él”

“Mal con él, mal sin él”

Por Maru Lozano

Dejemos el vicio de buscar seres opacos (esos que nos dan lástima y queremos salvar). Ellos nada más roban luz y la emiten en tu nombre.  Lo permitimos con tal de no estar solas, aunque eso hace sentir mal.  ¡Ah! pero si estamos sin él, también estamos mal. Pero, ¡existe vida antes, durante y después del susodicho!

Solemos poner la retroalimentación en manos de la pareja, y cuando ésta no está, dolidas corremos al doctor, a que nos llene de fármacos para poder vivir.  Sin embargo, ese terror que da morir en el otro, en ocasiones impide que demos vida a nuestra vida, con otras experiencias.  ¡Qué dilema!

Es buenísimo entonces hacer una red de apoyo emocional con familia y amigos, para que cuando nos pasen estas cosas en el amor, tengamos dónde caer.

 

¿Quién muere más sin pareja?

Los hombres no mueren. Por génesis de necesitar una mujer como mamá para todo, se juntan inmediatamente con quien esté dispuesta a ser la salvadora. Y entonces, pasa más fuerte en las mujeres esto de: “sin ti me muero”.

Es momento pues de manejar las relaciones de una manera más sana, es decir, después de haber aprendido que yo soy la única que debe hacerse cargo de mis carencias y procurar mi bienestar. Cuando pueda cuidar de mis cosas de manera impecable, y cuando pueda estar conmigo sin sentir ansiedad, entonces estaré lista para conectar y dar.  Y es que si no lo hacemos así, instalamos expectativas atosigantes como: “Lo mínimo que te pido es que me hables siete veces al día…”  Y si él solo puede hablar tres, tú ya sientes un vacío existencial.  Le buscamos “peros” a la relación, y se dificulta todo, porque parte de la irrealidad.  Dejemos que cumplan con su querer y no con nuestro deber.

Pero aparece el miedo cuando podemos perderlo. ¡Imagínate perder al que llenaba mi tiempo y resolvía mis problemas! A ver, ¿queremos a un asistente privado, a un  mayordomo o a un chofer… o queremos amor?  ¡Sensación devastadora!

 

Busquemos pues nuestra misión de vida.  Realicemos nuestros dones, aún si no estamos en pareja, o si la pareja no quiere hacer nuestra rutina.

A ellos los hacemos el centro de nuestra vida, ¿eso nos está funcionando? ¿Deseamos un papá? ¿Ese ejemplo es conveniente para los hijos?

Es entonces cuando tenemos que aceptar la dolorosa noticia de que nuestra niña interna se siente abandonada, que busca aprobación; sólo aplauso, y buscamos relaciones que nos den esa figura paterna y constante, para sentirnos hijas protegidas.  Lo malo de no identificar nuestros enganches, es que al primero que nos de algo de tiempo, regalitos, y que endulce nuestro oído, es al que le damos oportunidad de servirle en lo que nos demande.

 

Sin un hombre al lado no estamos discapacitadas ni incompletas

Mientras aparece el amor de verdad, relajemos las exigencias sociales y familiares.  Reunámonos con nuestra propia persona unos instantes, para procurar nuestro mundo educativo, productivo, social, cultural, físico, hogareño, etc.  Desde ese punto de encuentro y realización, es desde donde atraemos como imán a esa persona que nos celebra y nos acompaña; al que le da verdadero gusto estar ahí con la mejor versión de nosotras mismas; tomados de la mano, pero dejando que el aire fluya.

Busquemos compañeros que nos permitan “el hacer” de nuestra vida, porque hay una “soledad de pareja” que duele profundamente.  La única manera entonces es, realizarnos primero para sentir alta autoestima. Identificar lo que merecemos y luchar por ello; paso a pasito.  Así nos fortalecemos, yendo por relaciones amistosas y laborales sanas y positivas, que nos llenen de buena vibra.

Nos toca hacer un trabajo interior para estar bien aunque duela, y esto exije movimiento. Nos apreciaremos, y reconoceremos el regalo de vida que no es justo estar desperdiciando, llorando por lo que no es.  Observémonos de lejos y respondamos: ¿Cómo nos recordarán? ¿Cómo estamos trascendiendo?  ¿Para quiénes somos importantes?  ¿Estoy modelando bienestar?

 

AL INTERIOR DE UN HIJO

 “Mi novio siempre me pide ya muy noche, que le haga ciertas tareas que no ha hecho. Me da coraje porque él se pone en sus video-juegos mientras yo me mato.  Lo hago porque sé que no le salen bien las cosas, y sólo me tiene a mí.  Lo único que no me gusta es que no me llama seguido, y cuando voy a su casa a buscarlo, lo encuentro afuera platicando con sus amigos, y me ve con cara de ¿qué haces aquí?  Eso me molesta mucho, pero sé que si lo dejo, no la armaría en absoluto”

Estudiante de primer semestre de universidad

 

*La autora es Lic. en Educación, Gestalt, Docente y capacitación empresarial.

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