La vida en rojo

La vida en rojo

Por  Dionisio del Valle

Soy, quizás, la famosa de todas las uvas. Por lo pronto estoy en todos los lugares del mundo en los que se planta la vid con la intención de producir vino. Me encanta viajar porque no me cuesta trabajo adaptarme a otros lugares lejos de casa. Soy muy vigorosa y saludable y resisto como pocas las enfermedades propias de mi especie.

Tengo unas primas españolas que presumen ser las más plantadas en el mundo del vino. Una es la Cariñena, a quien conocemos también como Mazuelo y la otra es una chica blanca ella, de nombre Airen. En fin, que cada quien hable por sí misma. Yo lo que sí les puedo decir, con mucho orgullo, es que soy la reina de Burdeos. Me llamo Cabernet y me apellido Sauvignon.

Pocos saben que soy hija de dos uvas de extraordinaria calidad y abolengo: la Cabernet Franc y la Sauvignon Blanc, una tinta y la otra blanca, quienes hicieron pareja no hace tanto tiempo, por allá de mediados del siglo XVII. Modestia aparte una de mis virtudes es, como ya les digo, la adaptabilidad y por eso mismo he echado raíces en lugares tan diferentes como Chile, España, Estados Unidos, la Argentina y, por supuesto, México.

Voy a parecer muy sangrona pero a los enólogos les encanto porque dicen que conmigo pueden elaborar vinos sencillos y aromáticos o de muy buen cuerpo, complejos. Esto quiere decir que no me pongo mis moños a la hora de hacer vino y, como dicen ustedes las mexicanas, bailo al son que me toquen. Si el clima del lugar al que me llevan es cálido y tiene muchos días de sol al año, entonces soy capaz de producir vinos con una expresión frutal envidiable. Si me quedo en lugares con un clima más fresco, serán las notas herbáceas y de especies las que prevalezcan.

En nuestra piel están concentrados los taninos, esas sustancias químicas naturales que ayudan a nuestros hijos a vivir muchos años. Mi piel gruesa y la extraordinaria acidez de mis bayas son la combinación ideal para producir vinos aptos para la guarda porque además, aquí entre nos, llevo una magnífica relación de amistad con el roble por lo que mi estancia en las barricas me viene de maravilla. Por si todo esto fuera poco les quiero decir que soy muy sociable y me encanta divertirme con otras variedades, empezando por mi lugar de origen, en donde siempre me verán de la mano de la Merlot, la Cabernet Franc, la Petit Verdot y la Malbec. En otros países, como México, suelo hacer pareja con la Grenache, la Cariñena, la Tempranillo y otras muchas sin que esto quiera decir que soy una chica fácil, no me vayan juzgar injustamente.

Lo que pasa es que los enólogos se han dado cuenta, con el paso del tiempo, que combinarme con otras variedades puede dar como resultado vinos con carácter, bien estructurados y, sobre todo, armónicos, es decir que trato, hasta donde sea posible, no opacar la expresión aromática de mis compañeras, llevándome bien con muchas de ellas. En fin que me considero una uva afortunada. Espero verlas pronto. ¡Estoy segura que nos vamos a llevar muy bien!

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