Mourverdre

Mourverdre

Por Dionisio del Valle

Yo nací en Valencia, aunque las raíces de mi familia se pierden en la siempre inaprensible historia de los fenicios cuando, hace más de dos mil quinientos años, mis antepasadas fueron introducidas en algún lugar de la antigua Catalunya. Mi nombre original es Monastrell y así me conocen en las distintas Denominaciones de Origen en las que participo en España.

Durante muchos años el jugo de mis uvas fue utilizado para producir vinos genéricos, de calidad más bien ordinaria, sin embargo de un par de décadas a la fecha mi reputación ha crecido de manera inusitada. Soy una variedad que se adapta muy bien a lugares con climas cálidos, la relación entre alcohol y acidez, una vez que mis frutos se transforman en vino, es de lo más equilibrada; mis taninos se van haciendo suaves y hasta cierto punto dulces con el paso del tiempo y, por si fuera poco, mi vida se alarga al mezclarme con otras variedades con las que tengo buenas relaciones, como la Syrah y la Grenache, por ejemplo.

A principios del siglo XVIII los franceses se enamoraron de mí, me llevaron con ellos y me bautizaron con el nombre de Mourverdre, aunque de difícil pronunciación, es un pequeño homenaje que ellos quisieron rendirle a mi lugar de origen: Murviedro, en español, Morvedre, en valenciano, puerto estratégico que debe su nombre a los viejos muros (Muri Veteres) que lo protegen y que detuvieron durante meses el asedio del temible Aníbal, unos doscientos años antes de nuestra era.

Hoy mi casa se llama Sagunto, por influencia romana, pero la comarca valenciana que la arropa se sigue llamando como yo. Me gusta viajar, por cierto. Primero a Francia, como ya dije. Conmigo se elaboran vinos sutiles y armoniosos en Provenza y en el Rousillon, sin embargo es en el Ródano en donde he alcanzado mayor fama.

Desde hace tiempo soy una de las trece variedades permitidas en la denominación de origen conocida con el nombre de Chateauneuf-du-Pape y, no es por nada, pero una de las más reconocidas también. Tan es así que cada vez cobro mayor importancia en la zona y mi fama va en aumento.

Mi aventura en América empezó por allá de 1860, cuando fueron traídas las primeras parras del viejo continente, aunque, en honor a la verdad, mi presencia fue muy discreta, hasta que hace casi nada, algunos viticultores mexicanos empezaron a experimentar conmigo y ahora, qué les puedo decir, me gana la emoción y me siento tan orgullosa de escuchar mi nombre cada día más en éste país maravilloso que me ha recibido, entendido y procurado con tan buena mano, produciendo conmigo algunos de los mejores vinos de México. Y yo, a cambio, como una forma de agradecer tantas atenciones, no puedo menos que entregarles vinos expresivos, de intenso color, de aromas intensos de fruta roja madura, anís y chocolate.

He aquí algunos de los vinos mexicanos que se elaboran conmigo y de los que me siento muy orgullosa: Casta Tinta 2012, Mourverdre de la bodega Casta de Vinos, un vino untuoso, fino, con aromas de cereza, vainilla de la madera, café y chocolate. Pedregal 2009 de Vinisterra, un ensamble de Mourverdre y Syrah, vino elegante, de cuerpo medio y final largo y persistente, al que habría que agregarle algunas notas de casis y tostado. Finalmente el Mourverdre del Proyecto 125, de Hugo D´Acosta, un vino alegre, frutal y aromático, que me recuerda con nostalgia los vinos de mi tierra: Jumilla, Yecla y Alicante. A gozarme pues, ¡que ya vivo aquí cerquita!

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