Cinco mujeres sobrevivientes que recibieron un diagnóstico de cáncer entre los 30 y 41 años comparten sus historias desde el corazón y nos recuerdan que esta enfermedad también puede presentarse en mujeres jóvenes. Sus testimonios hablan de conocer nuestro cuerpo, pedir ayuda y permitirnos ser acompañadas; pero también de aprendizaje, sanación, gratitud y una nueva manera de celebrar la vida, sin olvidar nuestras revisiones de salud. Porque hay una realidad que no distingue generaciones: el cáncer de mamá o de ovario no tiene edad.

NADIA ALVAREZ

Conocer y confiar en tu cuerpo
Diagnosticada a los 32 años | Actualmente, 38

Fui diagnosticada a los 32 años; actualmente tengo 38. La sospecha llegó cuando noté repentinamente un bulto en uno de mis senos. En ese momento practicaba lactancia materna exclusiva con mi bebé de seis meses. Consulté a varios doctores porque la mayoría relacionaba el bulto con los cambios de la lactancia, pero yo sabía que detrás de eso había algo más. Hasta que consulté con un oncólogo que confirmó el diagnóstico.
Desde niña tuve muy presente la posibilidad del cáncer porque ha estado muy cerca de mi familia. Aun así, lo más difícil fue pensar que podía morir y no ver crecer a mis hijos, además de enfrentar cambios físicos como la pérdida de mi cabello.
En los días más difíciles procuraba mantenerme ocupada haciendo lo que me gusta: coser, crear y cocinar. Mi esposo y mis hijos mayores fueron mi principal apoyo; me dieron tranquilidad y me permitieron descansar y darle a mi cuerpo tiempo para recuperarse después de cada quimioterapia.
Hoy mi prioridad soy yo: mi salud y mi tranquilidad. Vivo menos aprisa y disfruto los pequeños detalles. A otras mujeres les diría: escuchen su cuerpo. Si sospechan algo, no dejen pasar el tiempo ni los chequeos para después.

TALIA GUADALUPE RUIZ OREA

Aprender a pedir ayuda

Diagnosticada a los 36 años | Actualmente, 38

Tenía 36 años cuando fui diagnosticada con cáncer de mama. Nunca imaginé tener cáncer, menos siendo joven.
Mi esposo notó que la parte inferior de mi seno izquierdo se aplanaba al levantar los brazos; era como un hundimiento. Nunca sentí un bulto. Meses antes había notado cambios durante mi periodo, pero fue ese hundimiento lo que me llevó con un ginecólogo oncólogo, quien confirmó el diagnóstico.
Tuve muchos momentos difíciles: pensar que quizá no vería crecer a mis hijas, los cambios físicos, perder cierta independencia y tener que pedir ayuda. Cuatro meses después, mi hija menor fue diagnosticada con lupus. Llegué a sentirme mala mamá por tener que priorizar mi salud.
Salir adelante significó aceptar la situación, aprender a delegar, permitirme sentir y escuchar a mi cuerpo cuando pedía descanso. Mi esposo, mi hija mayor, mis padres, mis hermanas y el grupo Apoyo Adelante me dieron fortaleza cuando sentía que ya no podía.
Hoy soy mi prioridad sin sentir culpa. Voy más lento, disfruto lo simple y soy más agradecida.
A las mujeres jóvenes les digo: no crean que por su edad están exentas. Conozcan sus mamas, escuchen su cuerpo y no permitan que el miedo las detenga. Un diagnóstico a tiempo puede salvarles la vida.

 

MARÍA CRISTINA JIMÉNEZ FLORES

La fuerza de sentirse acompañada

Diagnosticada a los 40 años | Actualmente, 47

Tenía 40 años cuando recibí el diagnóstico. Después de mi primera mastografía encontré una bolita en mi pecho. Nunca había pensado que el cáncer pudiera formar parte de mi vida.
De todo el proceso, dos de las cosas más difíciles para mí fueron la pérdida de mi cabello y enfrentar una mastectomía. Fueron cambios importantes, pero no estuve sola.
Mi esposo fue mi principal apoyo y estuvo conmigo en cada momento. También mi nieta, que entonces tenía casi tres años, se convirtió en una parte muy especial de este proceso. A ellos se sumó el acompañamiento del grupo Apoyo Adelante. Sentirme rodeada de ese amor incondicional me dio estabilidad y fortaleza para continuar.
Después del cáncer veo la vida de otra manera. Aprendí a cuidarme, a atender mi salud y también a ayudar y apoyar a otras personas. Procuro vivir un día a la vez, sin prisas, y disfrutar la vida.
Hoy quiero decirles a otras mujeres algo muy sencillo: el cáncer no ve edades. Un chequeo oportuno puede hacer la diferencia. Hay que tomar conciencia, atender nuestra salud y acudir al médico cuando algo cambia.

LORENA SÁNCHEZ PÉREZ

Transformar la experiencia en aprendizaje

Diagnosticada a los 30 años | Psicóloga, abogada y docente

Tenía 30 años cuando noté una pequeña bolita en mi seno derecho. Inmediatamente se encendieron mis alarmas porque tengo antecedentes familiares y siempre existió en mí ese temor: había vivido el cáncer muy de cerca con mi mamá y mi tía.
Lo más difícil fue digerir el diagnóstico y pensar en todos los cambios que implicaría el tratamiento. Soy una persona muy activa y me generaba mucha ansiedad imaginar que tendría que poner en pausa mi trabajo y mi vida. Pero también estaba mi deseo de salir adelante, de superarme y saber que podía lograr aquello que me propusiera.
Mis hermanas, mis padres, mi esposo e incluso mis pacientes fueron una gran red de apoyo. Me llenaron de amor, atención y presencia.
Después del cáncer todo cambió: mi manera de pensar, mis miedos y mis prioridades. Soy mucho más agradecida, me doy más tiempo y procuro no dejar las cosas para después. El cáncer fue un maestro, de esos con los que sientes que vas a reprobar, pero como soy buena alumna, eso definitivamente no pasa.
A otras mujeres les diría que la actitud importa. El miedo es normal, pero también nos recuerda que estamos vivas. Hay vida después del cáncer, y está llena de mucho más de lo que imaginamos.

ELIZABETH MORADO

Sanar y celebrar la vida

Diagnosticada a los 41 años | Empleada comercial en Telnor

Tenía 41 años cuando recibí el diagnóstico. Fue algo totalmente inesperado; nunca imaginé que a esa edad viviría una experiencia tan significativa como el cáncer de ovario.
Lo descubrí durante mi cita anual de rutina con mi ginecólogo. Por eso hoy entiendo todavía más la importancia de no dejar pasar nuestras revisiones preventivas.
Lo más difícil fue asimilar el diagnóstico, seguir las indicaciones de los médicos y enfrentar los tratamientos oncológicos. Logré salir adelante de la mano de mi fe y del amor de mis seres queridos. Fue la primera vez que me dediqué solamente a mí: a sanar mi cuerpo, mi mente y mi espíritu.
Mi hijo, mis padres, mi hermana, mi familia y mis amigos fueron fundamentales, al igual que la terapia psicológica. Su acompañamiento me ayudó durante todo el proceso.
Después del cáncer agradezco a Dios cada día que despierto y tengo una nueva oportunidad de vivir. Disfruto y valoro mucho más lo que me rodea.
A otras mujeres les diría que somos vulnerables, sin importar nuestra edad. No dejemos para después las revisiones de rutina, escuchemos nuestro cuerpo y valoremos cada momento de nuestra vida. La detección oportuna puede hacer una gran diferencia.