Por Adriana Reid

 

El cambio es una constante en la vida de todo ser humano. Ya sea una transición profesional, una transformación en nuestras relaciones o el paso del tiempo que nos invita a soltar roles que durante años definieron quiénes somos, todas atravesamos momentos en los que la realidad deja de sentirse cómoda. Y aunque sabemos que el cambio es inevitable, pocas veces nos preparamos para la incomodidad que trae consigo.

 

Esta sensación no es debilidad. Es biología pura

Nuestro cerebro está diseñado para la supervivencia, no para la felicidad. El sistema límbico tiene como prioridad mantenernos a salvo. Cuando algo cambia, el cerebro lo interpreta como una posible amenaza. Esta percepción activa el sistema nervioso simpático: aumenta el cortisol, se acelera el ritmo cardíaco y la mente busca regresar a lo conocido.

Además, al cerebro le gusta ahorrar energía. Por eso, cuando atravesamos cambios importantes, suelen aparecer el cansancio mental y emocional. Lo familiar requiere menos recursos cerebrales; lo desconocido exige atención, presencia y reorganización constante.

El cerebro opera a través de redes neuronales ya establecidas. Estas rutas automáticas nos permiten funcionar sin esfuerzo consciente. Pero cuando llega el cambio, esas rutas dejan de ser útiles. El cerebro necesita crear nuevas conexiones. Este proceso, conocido como neuroplasticidad, es profundamente incómodo porque implica soltar lo que ya sabe para aprender algo nuevo.

 

La identidad en transición

La incomodidad se intensifica cuando lo que está en juego es nuestra identidad. Durante años, muchas mujeres construyen su sentido de valor alrededor de roles específicos definidos por la cultura, la familia o el trabajo.

Cuando esos roles se transforman o desaparecen, el cerebro enfrenta una crisis de coherencia. La corteza prefrontal, encargada del propósito y la narrativa personal, se ve obligada a reorganizar la historia interna. Esto puede manifestarse como desorientación, tristeza, ansiedad o una sensación de vacío difícil de nombrar.

Pero aquí está la clave: la incomodidad no es el final. Es la señal de que el cerebro está trabajando.

 

Redescubrirse: un acto de neuroplasticidad

Redescubrirse es, literalmente, un ejercicio de reorganización cerebral. Implica crear nuevas conexiones neuronales y permitir que el cerebro encuentre motivación más allá de los roles anteriores.

La investigación muestra que las actividades realizadas con atención plena y movimiento físico favorecen la producción de factores neurotróficos, sustancias que promueven nuevas neuronas y conexiones sinápticas. Retomar un hobby, explorar intereses personales o aprender algo nuevo es una inversión directa en salud cerebral.

Además, el cuerpo es una fuente primaria de información. El flujo de señales del cuerpo hacia el cerebro es nueve veces mayor que en sentido inverso. Por eso, actividades que involucran el cuerpo envían señales de seguridad y calma, ayudando a contrarrestar la respuesta de amenaza que el cambio activa.

 

Cuatro principios para navegar el cambio

Reconocer que el cambio es un proceso biológico permite transitarlo con mayor amabilidad hacia nosotras mismas:

  • Reconoce la biología del cambio. La incomodidad es una respuesta natural. No estás fallando; estás en adaptación.
  • Crea nuevas rutas neuronales. Explora actividades que requieran atención consciente. La práctica constante fortalece el cerebro.
  • Escucha las señales del cuerpo. El movimiento y la respiración consciente ayudan al sistema nervioso a procesar lo nuevo.
  • Permítete tiempo. La neuroplasticidad requiere paciencia. Cada día cuenta.

 

El cambio como oportunidad

El cerebro humano tiene una capacidad extraordinaria para adaptarse y reinventarse. Aunque el cambio sea incómodo, esa incomodidad es evidencia de que el cerebro está activo, aprendiendo y reorganizándose. No es el final: es el inicio de una nueva versión de ti misma.

 

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