Por Alba Rodríguez

 

El inicio de un nuevo año suele llegar cargado de promesas, propósitos y listas interminables. Comenzamos con entusiasmo, pero muchas veces también con una sensación silenciosa de peso. Sin notarlo, llenamos nuestros días de frases como “tengo que trabajar más”, “tengo que hacer ejercicio” o “tengo que organizarme mejor”. Aunque las acciones puedan ser positivas, el lenguaje desde el que las nombramos marca profundamente cómo las vivimos.

 

El peso invisible del “tengo que”

Desde el coaching ontológico sabemos que el lenguaje no solo describe la realidad: la crea. Las palabras que usamos a diario influyen en nuestras emociones, en nuestro cuerpo y en la manera en que nos relacionamos con la vida. Decir “tengo que” coloca la acción en el territorio de la obligación, la imposición y, muchas veces, el cansancio.

Cuando vivimos desde el “tengo que”, suele aparecer la presión interna, la culpa si no cumplimos y una sensación constante de deuda con nosotros mismos. El cuerpo se tensa, la respiración se acorta y la experiencia cotidiana se vuelve pesada, aun cuando se trate de actividades valiosas. No es el hacer lo que agota; es desde dónde hacemos.

 

El poder de cambiar una palabra

¿Qué ocurre cuando cambiamos el “tengo que” por el “puedo”? Decir “hoy puedo trabajar” no elimina la responsabilidad, pero devuelve algo esencial: la elección. El “puedo” reconoce capacidad, posibilidad y presencia. Nos recuerda que aquello que hacemos hoy es algo que, en este momento de nuestra vida, está a nuestro alcance.

 

Cambiar el “tengo que” por el “puedo” no es un juego de palabras: es un cambio de mirada

 

Gratitud y presencia en lo cotidiano

El “puedo” nos conecta con la gratitud. No una gratitud forzada o superficial, sino una gratitud consciente que reconoce lo que sí está disponible: un cuerpo que responde, una mente que piensa, un día más para aprender. Desde esta mirada, trabajar, movernos, aprender o acompañar a otros deja de ser una carga y se transforma en una oportunidad.

Reconocer lo que hoy sí podemos hacer es una forma de honrar la vida y de confiar en que no caminamos solos. Cuando decimos “puedo”, también reconocemos que contamos con la fuerza necesaria para dar el paso que hoy nos toca.

 

Una invitación a la conciencia

Más que una técnica, este cambio es una invitación a la presencia. Observar el diálogo interno, hacer una pausa y elegir palabras que acompañen con mayor amabilidad transforma la manera en que transitamos nuestros días.

 

Preguntas de reflexión

¿En qué áreas de tu vida aparece con más fuerza el “tengo que”?

¿Qué emociones se activan en ti cuando hablas desde la obligación?

 

Ejercicio práctico

  1. Durante un día —o una semana— observa conscientemente tu lenguaje. Cada vez que aparezca la frase “tengo que”, haz una pausa y cámbiala por “puedo”.
  2. Al final del día, escribe al menos tres frases comenzando con:

           Hoy pude…

  1. Permítete notar cómo este cambio impacta tu estado emocional y tu forma de vivir lo cotidiano. No se trata de corregirte, sino de escucharte con más atención, gratitud y amor.

 

Cambiar el “tengo que” por el “puedo” no es solo un ajuste de palabras, sino un acto de conciencia y amor propio. Cada vez que eliges cómo nombrar tu día, eliges también cómo vivirlo.

Recuerda tu grandeza.

Espera un momento…

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