Por David Sotelo Félix

 

En esa búsqueda de querer entender mejor cómo funcionan nuestros matrimonios, por que afloran conflictos y que hacer para resolverlos, somos muy dados a centrarnos en cosas como nuestras personalidades, creencias y costumbres, nivel socio-económico, escolaridad, crianza y modelos familiares, etc.

Rara vez nos percatamos del gran efecto que tiene el dónde nos relacionamos, el lugar donde cohabitamos.

Y no me mal interpreten: no voy a comenzar a hablar de las maravillas del feng shui, ni de la importancia de la decoración de interiores. Mas bien se trata de detenerse a tomar conciencia del ambiente emocional que se respira en tu hogar.

¿Es un lugar al que deseas ir y permanecer?
¿Al llegar a tu casa sientes que llegas a tu santuario, donde puedes bajar la guardia?
¿Qué te informan tus sentidos del lugar?
¿Te dicen que es agradable y seguro o incomodo, estresante y amenazante?
¿Se “huele” la tranquilidad, te sientes acogido(a), puedes ser autentico(a) o sigues sintiéndote como en el mundo exterior: juzgado, retado, presionado?

 

El ambiente emocional de tu hogar también habla

Por supuesto que no sería realista ni deseable aspirar a que tu hogar se sienta como una catedral, en una calma solemne y reverencial. Para eso asistimos a los templos.

En el hogar buscamos ante todo calidez humana, funcionalidad, comodidad.

Esto es facilitado enormemente por el que exista un mínimo de orden y limpieza en el espacio. Los olores y sonidos (y su volumen) también pesan significativamente. Pero claro, es más que sacudir, barrer y trapear.

 

¿Cómo asegurarnos que el espacio fortalezca la relación?

Entonces ¿cómo asegurarnos que el lugar, el espacio que compartimos en pareja, es lo más idóneo para fomentar un matrimonio armonioso?

Primero, cada quien tendría que aclararse con toda honestidad cual es el estilo de vida al que aspira. En el día a día, como se va a sentir cómodo y contento. Definir horarios, actividades y cuales se efectúan individualmente y cuales en pareja y/o con terceros.

Segundo, compartir notas y llegar a acuerdos en pareja de cómo será la vida cotidiana en el hogar. Que se hace, a qué hora y con quien.

Tercero, que actitudes y trato ayudará a que el día a día se sienta agradable, aceptante, empático y de apoyo mutuo. Aquí entran aspectos como el tono de voz, el contacto afectivo físico, el pedir con respeto y consideración las cosas, el ser parte activa del orden y limpieza de los espacios físicos.

También el ser facilitador de olores, colores, sonidos y objetos que den paz, alegría y armonía al lugar.

Cuarto, todo este esfuerzo de esclarecer, acordar e implementar un plan de armonizar el espacio puede ser echado a tierra por no cuidar un aspecto clave: a quienes invitamos o dejamos entrar a nuestro hogar.

Personas de fuera, llámense vecinos, amigos o familiares pueden con gran facilidad crear tensión y hasta conflicto en nuestro espacio. Simplemente porque lo llevan consigo a todas partes, no lo pueden (o saben) evitar.

Ahora sí que aquí aplica el “si ya saben cómo soy, para que me invitan”.

 

El hogar no debería ser un lugar del que quieras huir

Entonces recuerda y aplica estas sugerencias de tal manera que no llegues a casa después del trabajo y te quedes media hora en tu auto, resistiéndote a entrar a un ambiente que sabes desagradable, tenso, violento.

O que te sorprendas evitando a toda costa estar en tu casa, siempre buscando actividades de cualquier tipo para no estar, siempre en la calle, como una especie de indigente emocional.

Todos tenemos derecho a un espacio que sintamos realmente como hogar y en el que podamos ser auténticamente nosotros.

Cuando creamos este espacio de acuerdo a nuestras necesidades físicas y emocionales y las de nuestra pareja, estamos fomentando la convivencia sana y feliz para nosotros, nuestra familia y cualquiera que visite nuestro espacio.

 

*El autor es Psicólogo Clínico y atiende a adultos y matrimonios

CONSULTA PRIVADA 664.331.1070

 

 

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