POR ANA LAURA MARTÍNEZ
Durante décadas, el vino fue una de las bebidas alcohólicas más asociadas con la cultura, la gastronomía y ciertos rituales sociales. En países con tradición vitivinícola, como México —especialmente en regiones como Baja California—, el vino se vinculaba con celebraciones, comidas familiares o experiencias gastronómicas. Sin embargo, en los últimos años se observa un cambio generacional claro: una parte importante de las nuevas generaciones ya no lo considera su bebida preferida.
La transformación no significa que el vino haya desaparecido, sino que compite con un ecosistema de bebidas mucho más amplio, dinámico y adaptado a los hábitos contemporáneos de consumo.
LA PREFERENCIA POR BEBIDAS MÁS LIGERAS Y RÁPIDAS
Uno de los factores principales es el cambio en el estilo de consumo. Las nuevas generaciones prefieren bebidas que se perciban más ligeras, refrescantes y fáciles de beber. En ese contexto han ganado terreno opciones como los hard seltzers, las cervezas artesanales, los cócteles listos para beber (ready to drink, RTD), las bebidas a base de mezcal o tequila y las mezclas con sabores frutales.
Estas bebidas suelen tener un perfil más sencillo y directo: menos acidez, menos taninos y una experiencia inmediata. El vino, en cambio, suele requerir cierta familiaridad con estilos, regiones o variedades para apreciarlo plenamente.
UN LENGUAJE QUE PUEDE PARECER LEJANO
El mundo del vino también arrastra un lenguaje técnico que para muchos jóvenes resulta intimidante o poco cercano. Términos como “notas minerales”, “taninos estructurados” o “crianza en barrica” forman parte del discurso habitual del vino, pero pueden percibirse como códigos cerrados.
En contraste, muchas marcas de nuevas bebidas utilizan narrativas más simples, visuales y accesibles. El diseño de las latas, los sabores evidentes y la comunicación directa generan una conexión más inmediata con una generación acostumbrada a la rapidez de las redes sociales.
CAMBIOS EN LA FORMA DE SOCIALIZAR
También han cambiado los espacios de consumo. El vino tradicionalmente se asocia con la mesa, con la comida y con momentos más pausados. Parte del público joven, en cambio, consume alcohol en contextos distintos: festivales, bares informales, reuniones breves o encuentros donde la bebida funciona más como acompañamiento que como protagonista.
En esos escenarios, bebidas frías, listas para abrir y fáciles de compartir suelen ser más prácticas que una botella de vino que requiere copas, descorche y cierta atención al servicio.
UNA GENERACIÓN MÁS CONSCIENTE
Otro elemento importante es la creciente conciencia sobre el consumo de alcohol. Diversos estudios muestran que parte de la generación más joven bebe menos que generaciones anteriores o busca opciones con menor graduación alcohólica.
Esto ha impulsado el crecimiento de bebidas con bajo contenido alcohólico, versiones “light” e incluso alternativas sin alcohol. El vino, aunque tiene versiones desalcoholizadas en expansión, todavía se asocia con una graduación relativamente alta.
¿EL FIN DEL VINO ENTRE LOS JÓVENES?
Más que un rechazo definitivo, lo que se observa es una transformación cultural. El vino sigue teniendo un lugar importante cuando se conecta con experiencias auténticas: viajes a regiones vinícolas, gastronomía local, proyectos jóvenes o narrativas más cercanas.
De hecho, algunas bodegas están replanteando su manera de comunicarse: etiquetas más contemporáneas, vinos más frescos y accesibles, y experiencias menos formales.
El reto para el vino no es competir con las nuevas bebidas replicando sus fórmulas, sino encontrar nuevas formas de dialogar con una generación que valora la autenticidad, la simplicidad y las experiencias compartidas.
Porque, al final, cada generación redefine qué beber y cómo hacerlo. El vino no está desapareciendo: simplemente está buscando un nuevo lenguaje para volver a ser parte de la conversación.
La autora es fundadora y directora adjunta de Culinary Art School en Tijuana, sommelier y chef. Correo: analaura@culinaryartschool.edu.mx