POR GABRIEL BELLO

Así me lo dicen en mi consulta: “Me sentí bajoneado.” “Andaba de bajón.” “El bajón no se me quita.”

Si tienes un adolescente en casa, seguro tú también lo has escuchado y probablemente piensas: ¿será flojera?, ¿será por la mucha tarea que tiene?, ¿estará deprimido?

Un bajón no es flojera y tampoco es depresión. Es un estado emocional temporal en el que el adolescente siente que se le acaba la pila. Es como si trajera el ánimo en modo reserva, sin fuerza para disfrutar, aunque por fuera parezca que todo está bien y siga cumpliendo con lo que tiene que hacer. El bajón es temporal y es muy común en esta etapa.

Sigue yendo a la escuela, tarda en contestar y solo dice “bien” cuando le preguntas cómo está. Se encierra en su cuarto por mucho tiempo; por dentro, está apagado. Él mismo dice: “Es que no sé qué tengo, solo me siento de bajón.”

¿Por qué les pega tanto justo en la adolescencia?

Porque el adolescente está en medio de dos mundos: ya no es niño, pero todavía no es adulto. Su cerebro está cambiando a toda velocidad y siente todo con más intensidad. Una mirada fea en el salón, un comentario en el pasillo, un mensaje no contestado: para ti puede ser poco; para él, es muchísimo.

No es que quiera hacer drama. Lo que pasa es que todavía no tiene las herramientas completas para regularse; lo siente inmenso y lo procesa con lo que tiene a la mano.

¿Qué le provoca ese bajón?

Primero, lo que se dice a sí mismo.

Es una vocecita interna que repite frases muy duras en silencio: “No soy suficiente”, “a nadie le importo”, “todo me sale mal”, “mejor no digo nada”, “siempre salgo regañado”, “a nadie le importa lo que me pasa”, “todos pueden menos yo”, “soy una decepción para mis papás”, “por más que me esfuerce nunca lo lograré”, “nunca se va a fijar en mí”, “siento que me van a cortar”.

Segundo, la comparación constante. Con el amigo más popular, con la compañera que siempre tiene likes, con el hermano al que todo le sale bien. Y en redes esa comparación se vuelve más dura. Ven historias donde todos fueron invitados menos ellos, fotos con cientos de likes mientras las suyas casi no tienen, cuerpos y vidas con filtros que parecen perfectos. Se quedan con la idea de que todos la están pasando bien menos ellos.

Entonces, su autoestima sube y baja con eso. Un día se siente invencible y al otro siente que no vale nada. Cuando esa vocecita interna se vuelve crítica y las redes no paran de recordárselo, llega el bajón.

Un bajón casi nunca viene por una sola cosa. Es la suma de muchas cositas que se van guardando hasta que ya no caben. Un bajón no es algo grave ni alarmante, pero sí se nota.

No es que deje de funcionar, es que funciona sin ganas.

  • Lo notas apagado por varios días seguidos, aunque siga cumpliendo en la escuela.
  • Sigue haciendo sus cosas, pero sin entusiasmo, como si trajera la pila baja. Le cuesta más trabajo empezar.
  • Se tarda en levantarse, pospone la tarea, dice a todo “al ratito” o “qué flojera”.
  • Está más sensible de lo normal. Se engancha más rápido con un comentario o se lo toma más personal que antes.
  • Prefiere estar más tiempo en su cuarto, con música o en el celular, no porque esté peleado, sino porque no trae ganas de convivir.
  • Te dice frases como “no tengo ganas”, “estoy aburrido”, “me siento raro”.

¿Qué hacer cuando anda de bajón?

  1. No le digas “échale ganas” u “otros están peor”. Solo escúchalo. Yo les enseño esta frase a los papás en mi consulta: “Gracias por decirme cómo te sientes, estoy aquí.” A veces solo necesitan ser escuchados, no aconsejados.
  2. El bajón pide cama y encierro. Yo te recomiendo ofrecer estructura con amor: comer juntos, dar una caminata corta, sacar al perro juntos, apagar pantallas a cierta hora. El movimiento y la convivencia sacan del bajón poco a poco.
  3. Si se levantó, aunque no quería; si fue a la escuela; si intentó hablar contigo, díselo: “Vi que te esforzaste hoy, aunque andabas de bajón, eso vale mucho.” La autoestima se repara con reconocimiento diario, no con grandes discursos.
  4. Dile con naturalidad: “Si te sigues sintiendo así de raro, podemos hablar con un terapeuta para que tengas más herramientas para salir de esto.” Buscar apoyo no es fracasar como papá o mamá, es cuidar.

Quiero cerrar con esto que les digo siempre a los papás en mi consulta:

El bajón no se quita con un regaño ni con un celular nuevo. Se acompaña, se transita con él. A veces solo necesita que te sientes a su lado, aunque sea en silencio, y que le hagas sentir: “Aquí estoy y vamos a pasar esto juntos.”

No necesitas tener todas las herramientas para resolver su bajón emocional, solo aumentar tu presencia en su vida. Eso es lo que fortalece el vínculo con tu adolescente.

Y ojo con esto: si ese bajón deja de ser pasajero, si dura más de dos semanas, si ya no quiere hacer nada de nada, si deja de comer o de dormir por completo, si dice que no quiere vivir, no lo dejes pasar. Eso ya no es un bajón; ahí sí busca ayuda profesional de inmediato.

El autor es psicólogo clínico con enfoque cognitivo-conductual y especialista en la atención de adolescentes y orientación a padres. Céd. 6357192.