De la psicología a la piel: una mujer que convirtió el caos en conciencia y el miedo en expansión.

POR ANA PATRICIA VALAY

María Luisa habla con sonrisa serena y un brillo en la mirada. No hay prisa en su voz. En su espacio —ubicado en la zona dorada de Tijuana— todo respira coherencia: ambiente agradable, elegancia y calidez. Como si antes de comenzar la conversación ya existiera una invitación silenciosa a pausar con conciencia.

Desde los 14 años supo que quería estar al frente, acompañando, guiando, sosteniendo. Mientras muchas adolescentes esperaban las vacaciones, ella prefería quedarse a trabajar en campamentos de verano con niños. No lo sentía como responsabilidad, sino como satisfacción. “Siempre disfruté estar en contacto con las emociones”, recuerda. Diez años acompañando grupos, liderando incluso traslados con decenas de pequeños bajo su cuidado, le confirmaron algo que ya intuía: su lugar estaba en el acompañamiento.

Aquella vocación temprana la llevó a profesionalizar lo que ya era instinto. Estudió Psicología Clínica en CETYS Universidad, buscando una formación amplia que le permitiera trabajar con distintas etapas de la vida. No quería limitarse a una sola etapa; quería acompañar distintos procesos y realidades. Más adelante reforzó su preparación con un diplomado en enfoque cognitivo conductual infantil, consolidando una mirada integral hacia la infancia y la adolescencia.

Trabajó en el Hospital de Salud Mental, impartió talleres masivos de prevención con adolescentes en contextos de vulnerabilidad y colaboró con población migrante bajo el enfoque de trauma informado. De todas esas experiencias se quedó con una certeza profunda: “Todos, independientemente de la edad o el contexto, somos vulnerabilidad”. Y cuando alguien se siente acompañado, puede transformarse.

“Todos tenemos un momento para empezar de nuevo y florecer.”

 

 

Cuando el caos encontró sentido

Fue durante la universidad cuando atravesó un proceso personal que marcaría un antes y un después. En medio de un momento emocional complejo apareció un brote severo en su piel. Al principio no lo relacionó. Con el tiempo comprendió algo esencial: “Lo que el corazón calla, la piel lo expresa”.

Esa experiencia no la debilitó; la despertó. Decidió estudiar cosmetología para entender el cuerpo desde otra dimensión. No por estética, sino por conciencia. Aunque entonces aún no sabía cómo integrar ambos caminos, la semilla ya estaba sembrada.

La vida profesional continuó. Ejerció, creció, enfrentó cambios y pandemia. Hasta que llegó el momento de decidir. “El atreverme ha sido mi mayor proceso de evolución”, afirma. Y así nació Floreser: un proyecto que une florecer con ser. Un espacio donde el bienestar no es superficial, sino integral.

El bienestar comienza en uno mismo

Para María Luisa, la piel no es solo apariencia; es reflejo. “No podemos dar si no nos damos primero”, sostiene con serenidad. En cabina, mientras realiza un tratamiento facial, muchas mujeres encuentran algo más que relajación: encuentran escucha. Porque cuando ignoramos nuestro bienestar emocional, tarde o temprano, el cuerpo y la mente nos pasan factura.

El autocuidado, insiste, es un acto profundo de amor propio. “Es el acto más grande de amor propio que podemos darnos como mujeres”. No habla de exigencias imposibles, sino de pausas conscientes. De cinco minutos frente al espejo para preguntarse cómo se siente una realmente. De entender que atendernos no es egoísmo, sino responsabilidad emocional.

“El atreverme ha sido mi mayor proceso de evolución.”

Atreverse y confiar en una misma

Emprender tampoco fue sencillo. Comenzó sin pacientes, rodeada de especialistas con trayectorias consolidadas, pero poco a poco —a través de redes sociales y recomendaciones— el espacio comenzó a llenarse. El reto más grande no fue externo, sino interno. Confiar completamente en ella. Creer que sí podía. “El atreverme ha sido mi mayor proceso de evolución”, afirma con convicción.

Hoy define esta etapa como “expansión”. Expansión hacia nuevos proyectos, hacia charlas grupales con mujeres, hacia espacios donde compartir que siempre es posible reinventarse y que cada proceso tiene su ritmo.

Antes de despedirnos, le pregunto qué mensaje le gustaría dejar a las mujeres que lean su historia. No duda: “Cada historia tiene un valor. Siempre es posible reinventarse. Todos tenemos un momento para empezar de nuevo y florecer”. Lo dice con la serenidad de quien ha atravesado su propio proceso y entiende que el crecimiento no siempre es lineal, pero sí transformador.

Floreser, dice en una sola palabra, es “sanar”. Y al escucharla, queda claro que su historia no habla de un éxito que se detiene en el tiempo. Habla de evolución. De atreverse. De confiar en su propia voz.

Y en estos tiempos, eso es florecer con valentía y amor propio.

EN BREVE

Una palabra que define esta etapa de tu vida:
Expansión.

Un miedo que transformaste en fortaleza:
No confiar en mi propia voz.

Un hábito que te conecta contigo misma:
La pausa consciente.

Un consejo que siempre das a tus pacientes:
Sé amable contigo y respeta tu propio proceso.

¿Qué significa para ti florecer en una sola palabra?
Sanar.

CONTACTO:

IG @floreser.cosmetologia.ct

IG @marialuisa_floreser

Beauty•Skin•Propósito ✨

WhatsApp (664) 232 23 49

Central toreo, Tijuana, Baja California 22044

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