POR GABRIEL BELLO

Para un adolescente, la confianza se construye día a día, pero puede perderse en segundos cuando las promesas se utilizan como una herramienta de control.

Le dices: «Si te portas bien, te doy permiso». Él se esfuerza, cumple con lo acordado y, al final, respondes: «No, porque acuérdate de la otra vez…».

Eso no es educar. No es poner límites. Es faltar a tu palabra.

Piensa en esto: si tú, que eres su principal referente, le fallas, ¿con qué autoridad moral le pedirás después que él sí cumpla?

Cada promesa incumplida deja una huella. Le enseña que la palabra vale poco, que los acuerdos pueden romperse cuando conviene y que confiar en los demás implica un riesgo.

Permíteme contarte la historia de Iker

El lunes, su papá le hizo una promesa.

Iker, si apruebas el examen semestral de matemáticas, te llevaré a la final de futbol que habrá aquí el próximo sábado.

Iker se tomó el reto muy en serio. Durante toda la semana dejó el Xbox, no salió con sus amigos y dedicó las tardes a estudiar.

El viernes llegó feliz con su examen. Había sacado ocho. Nunca antes había asistido a una final de la liga y estaba emocionadísimo.

Su papá lo abrazó.

¡Ya verás el juegazo que vamos a ver!

El sábado, a las cuatro de la tarde, Iker ya estaba listo. Vestía la playera de su equipo y esperaba ansioso la hora de salir.

Entonces su papá entró a su cuarto con el celular en la mano.

Hijo, me acaba de hablar tu tío. Tengo que ayudarle en el taller. Ya sabes que hace unos días él me echó la mano con el carro. Lo siento, no voy a poder llevarte al partido. Pero te felicito por tu examen; ¿ves cómo cuando te aplicas te va muy bien?

Iker se quedó inmóvil.

No podía creerlo.

Su papá le había prometido que irían juntos.

Mientras se quitaba lentamente la playera y la dejaba sobre la cama, se preguntó por qué su papá no podía decirle que no a su tío, si antes ya se había comprometido con él.

No lloró. No discutió.

Pero algo cambió ese día.

Su tristeza no era por perderse el partido. Era porque entendió que la promesa que tanto lo motivó no había sido tan importante para su papá como sí lo había sido para él.

Historias como la de Iker ocurren todos los días. Tal vez no siempre se trata de una final de futbol, pero sí de promesas que, al no cumplirse, van debilitando poco a poco la confianza entre padres e hijos. La buena noticia es que siempre es posible fortalecerla.

¡Anímate a fortalecer tu palabra!

  1. No prometas cuando estés dominado por las emociones.
    Cuando estás muy contento prometes de más para quedar bien; cuando estás enojado amenazas de más para conseguir obediencia. En ambos casos es fácil decir algo que después no podrás cumplir y perder credibilidad.
  2. Si prometiste algo y no puedes cumplirlo, no busques justificarte.
    Reconoce tu error, ofrece una disculpa sincera y repara el daño. Un simple: «Te prometí ir por ti y no llegué. Me equivoqué. Discúlpame» fortalece mucho más la confianza que cualquier excusa.
  3. Cumple también las promesas pequeñas.
    «Te invito a comer», «mañana vemos la película» o «el fin de semana salimos» pueden parecer detalles para ti, pero para tu adolescente representan una prueba de confianza. Si fallas en lo pequeño, asumirá que también fallarás en lo importante.
  4. No retires un permiso que ya se había ganado como castigo por otra situación.
    Si ya cumplió con las condiciones acordadas, quitarle el permiso rompe la confianza. Eso no es una consecuencia; es cambiar las reglas del juego. Con el tiempo pensará que esforzarse no sirve de nada porque siempre puedes modificar los acuerdos.
  5. Si las circunstancias cambian, habla con honestidad y renegocia.
    Puedes decirle: «Te prometí comprarte el boleto, pero el precio subió mucho y hoy no puedo pagarlo. ¿Qué otra opción podemos buscar juntos?» Así le enseñas que la palabra se honra, incluso cuando es necesario replantear los acuerdos.

El autor es psicólogo clínico con enfoque cognitivo-conductual y especialista en la atención de adolescentes y orientación a padres. Ced. 6357192

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