El perdón como acto de liberación

El perdón como acto de liberación

POR ANA CELI RUVALCABA DURÁN

En nuestra vida es imposible estar exentos de situaciones en las que  alguien  o algo nos puedan ofender y dañar. La intensidad de los sentimientos de enojo, indignación o resentimiento que resulten, depende de la magnitud del agravio recibido y del vínculo afectivo. También depende en gran medida del dolo con el que se comete.

Cuando la ofensa se da por inmadurez o torpeza, existen mayores probabilidades de adoptar una posición  más dispuesta a perdonar, después de escuchar  y valorar las intenciones, aunque no significa que se le absuelva de su error.

 

¿Te has envenenado solito?

Al igual que el amor, el resentimiento y el rencor  crean un vínculo emocional con el evento o la persona que nos ofende, con la diferencia de que el amor inspira y nos llena de felicidad, y el rencor se convierte como en un veneno que se toma uno mismo esperando que cause efecto en el otro. Vivir con resentimiento nos hace más daño a nosotros mismos dado que tal vez el otro ni siquiera sospecha de la aberración que sentimos.

Desprenderse de ese sentir cuesta trabajo pero no es imposible. A través del perdón se puede encontrar la paz deseada.

Sobreponerse a la ofensa es difícil en todos los sentidos, pero se vuelve aún peor cuando el conflicto es dentro de la relación de pareja, y todos los días hay que enfrentarse a una convivencia que se vuelve densa y pesada.

Cabe señalar que el perdón no significa que sea más conveniente terminar por lo sano una relación, sobre todo cuando la integridad física y emocional están de por medio.

El perdón marca un camino de ida y vuelta, pues a veces nos tocará ser ofendidos y perdonar, o ser ofensores y  pedir perdón.

 

Sabiendo perdonar

Bien, existe un tipo de perdón que es el que hace referencia a “perdonar al otro”. Esto no significa aceptar que nos siga dañando esa persona o que retorne a nuestra vida cuando ya se le había expulsado, ni mucho menos significa olvidar.

Implica que esa persona ya no ocupe tanto espacio en nuestra vida. Implica decidir que “ya no hay ofensa”. El perdón es la liberación del rencor y la ira.

También existe el perdón cuando ofendemos, ya lo mencionaba. Es aquel que nos toca pedir cuando por inmadurez, ignorancia, egoísmo, torpeza u otra cosa dañamos a alguien. Una vez que hacemos conciencia de nuestro actos y reconocemos nuestro error,  nuestra disculpa debe de ir acompañada de una acción que garantice un cambio en el futuro; que demuestre que no es de dientes para afuera. Sólo así la otra persona sentirá la certeza del interés y de que el arrepentimiento es genuino.

Perdonar puede ser un desafío, especialmente cuando quien nos ofende nos pide una disculpa poco sincera o nada en absoluto. Sin embargo, suele ser el camino más saludable a seguir.

 

¿Y cuando nos tenemos que perdonar?

Aunado al perdón anterior viene el perdón que nos pedimos a nosotros mismos, este es necesario “cuando nos maltratamos por ofender a otros”. Si ofendemos y nos arrepentimos quiere decir que estamos reconociendo que esa acción nos aleja de la persona que deseamos ser en realidad; cuando eso sucede tendemos a auto recriminación. El camino hacia este tipo de perdón es el de la compasión para lograr entender que es de humanos equivocarse.

Por último, y pienso más importante aún, existe el tipo de perdón que también nos pedimos a nosotros mismos, pero en esta ocasión por el daño que nos hemos autoinfligido. Cuando nos perdonamos por los errores del pasado nos reconciliamos con nosotros mismos, y entonces nos tratamos y nos vemos con amor.

Aquella persona que no es capaz de responsabilizarse de sus acciones, aceptar el error como parte de nuestro crecimiento y como reflejo de nuestras deficiencias emocionales, ni tampoco perdonarse, tampoco lo podrá hacer con los demás.

Los errores a menudo están adheridos a nuestras creencias, por eso su reconocimiento es un verdadero reto ya que eso implica romper  etiquetas y un autoconcepto de nosotros mismos muy rígidos y nada nobles.

 

Toma el camino del perdón

Cada quien eligió su camino para llegar al perdón, algunos tomarán el del amor, otros el de la compasión, el de la comprensión o  del desgaste.

Este último es soltar por el cansancio que produce el resentimiento y el rencor enquistados. No es el más saludable, ya que lleva a la persona a su límite; más bien es un mecanismo de sobrevivencia, es un autoregalo: “lo hago por mí, por liberarme, por vivir en paz”.

Para que pueda lograrse el perdón, en primer lugar debe existir la ofensa. Si no hay ofensa, el perdón se queda sin piso y no será necesario. Si hay más amor en nuestro espacio, no hay lugar para la ofensa y, entonces, no lo habrá para el perdón. La  ofensa pertenece al ego y el amor al alma.

 

*La autora es psicoterapeuta de familia. 

 

“Perdonar puede ser un desafío, especialmente cuando quien nos ofende nos pide una disculpa poco sincera o nada en absoluto. Sin embargo, suele ser el camino más saludable a seguir”

 

 

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