Cuando hay más que “roces” en la relación

Cuando hay más que “roces” en la relación

 

POR ANA CELI RUVALCABA

 

Cuando escuchas hablar de que: le puso la mano encima, ¿qué es en lo primero que piensas?

 

Existen muchos mitos alrededor del tema, por ejemplo:

Se piensa que las agresiones son únicamente golpes, gritos o jaloneos; o que en una relación el hombre es el agresivo; incluso pensarán que las discusiones acaloradas son el medio de solucionar un conflicto y que es normal vivir en esa dinámica, ya sea por el sistema de creencias o el contexto de la pareja.

En casos más complejos la víctima cree que es merecedora del maltrato ya que se considera provocadora de la cólera del otro.

Estos mitos promueven ideas distorsionadas con las que se corre el riego de cegarse ante una situación de violencia, y, por ende, a no intervenir oportunamente. Revisemos entonces aspectos básicos:

 

Tipos de agresiones que existen

Física: Es uno de los indicadores más evidentes por las huellas visibles de la brutalidad del agresor.

Sexual: la víctima es orillada a mantener prácticas sexuales en contra de su voluntad.

Psíquica: Lo identificamos cuando la víctima recibe un trato en el que continuamente se le descalifica, humilla o castiga por no complacer las demandas de la otra parte.

Diversos tipos de control: con actitud dominante, se ejercen restricciones sociales y económicas, autoritarismo, celos, amenazas, etc.

 

Las fases

Fase de acumulación de tensión: Es el inicio de acusaciones y conductas hostiles en progresión. La victima trata de evitar la violencia con conductas de sumisión. Desculpabiliza y atribuye a factores externos la hostilidad del agresor.

Fase de explosión agresión: la victima tiende a paralizarse.

Fase de reconciliación: el agresor niega la violencia o promete que no volverá a suceder. Tiende a culpabilizarse, sentirse responsable de la situación y a disculpar al agresor.

 

Presta atención a las señales

Cierto modos y costumbres de convivencia en pareja camuflajean y normalizan la conducta violenta evitando atender señales tempranas de su existencia y por no identificaras ni atenderlas se amplía la posibilidad de un desenlace trágico.

Todo comienza con cosas simples como bromas hirientes, chantajes, mentiras, ley del hielo, descalificación, celos, culpabilizando, amenazando o humillando en público, y va en aumento. En seguida vienen las prohibiciones, destrucción de objetos personales, caricias agresivas, juegos agresivos, jalones, cachetadas, encierros; es crucial que la víctima reaccione.

Lo anterior desemboca en amenazas de muerte, en forzar las relaciones sexuales, abuso sexual, violación, y en el escenario más escalofriante: asesinar.

 

Pero las relaciones de falta de armonía y agresiones son cosa de dos:

Así es, toda relación es cosa de dos, incluso las violentas, los roles que se juegan es el de agresor y víctima. Ambos participan de este papel uno abusando y otro sometiéndose.

 

El agresor ¿nace o se hace?

Vivir en pareja significa fusionar dos historias, dos formas de ver y resolver la vida, dos formas de aprender, de amar, confrontar o simplemente dos formas de ser.

El agresor no se vuelve agresivo y violento en el momento que encuentra una pareja, él ya trae aprehendido un sistema de defensa, y la relación sólo será un escenario diferente en el cual la desarrollará.

Este sistema de defensa o afrontamiento se activa cuando se percibe a sí mismo amenazado o en peligro de perder algo o alguien que considere de su propiedad. Es intolerante a la frustración e inseguro de sí mismo, y lo manifestará a través de encaprichamientos y hará cualquier cosa por no perder lo que quiere. La violencia es el recurso que usará ante la impotencia.

El otro lado de la moneda es el de la sumisión.

 

El sumiso ¿nace o se hace?

La víctima de violencia tampoco se vuelve sumiso al llegar a su relación, muy seguramente ya había experimentado previas eventualidades en las que quedarse callado fue su mejor opción, tal vez evitando el castigo, la pena o vergüenza de una situación embarazosa, o el miedo por amenazas, quizás en su crianza le enseñaron a obedecer abnegadamente y a someterse al abuso, en cualquier caso, estaríamos hablando de una indefensión aprendida.

La persona que ha adquirido este modo de afrontamiento estará en peligro latente de dejarse envolver en una relación violenta porque nunca aprendió a poner límites ni a defender su integridad, es más, le costará trabajo reconocer que está en una situación de violencia.

Si te identificas o conoces a alguien así, no dudes en buscar orientación, ten muy presente que la víctima pierde el sentido de lo que está sucediendo por el amedrentamiento en el que está inmerso, está imposibilitada para pedir ayuda, así que antes de juzgar o permitir que juzguen a alguien, piensa en lo anterior.

 

La autora es Psicologa. Contato: 664-342-8391 e-mail: psic.anaceli@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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