ZINFANDEL

ZINFANDEL

 

Por Dionisio del Valle

 

Aunque vi mis primeras luces en la franja continental de la costa dálmata, en lo que hoy es Croacia, me he mudado a vivir a los Estados Unidos, donde me he adaptado de tal forma que muchos piensan que soy gringa, pero no es así. De hecho soy muy parecida, en expresión y carácter, a una querida prima segunda mía, una a la que llaman Primitivo  y que vive del otro lado del Mar Adriático, allá por los rumbos de Manduria, en el tacón de la bota italiana. De hecho hay quienes aseguran que somos hermanas gemelas, pero que fuimos separadas hace miles de años, siendo todavía muy pequeñas. Pues resulta que yo vivía muy feliz en mi tierra hasta que un buen día, por ahí del año 1860, un coronel húngaro de nombre Agoston Haraszthy, me ofreció llevarme a Norteamérica prometiéndome que las costas de California me harían, si no olvidar, por lo menos enamorarme de mi nuevo destino. Otros aseveran que me vieron en San José, California un par de años antes de aquella fecha de la mano de un viverista francés llamado Antoine Delmas. Ahora que ambos están muertos puedo confesarles que el viaje lo hice con los dos personajes en circunstancias diferentes. Qué quieren, cosas de juventud, el caso es que es cierto, me quedé a vivir en California aunque México se ha convertido también en un lugar donde me siento a mis anchas. Soy una variedad muy versátil, tanto que en el nuevo mundo, en particular en ésta zona del continente, han presentado mis vinos como blancos o como rosados dulces, tintos ligeros, de medio cuerpo, o de plano robustos y de peso. La verdad no me sentí del todo cómoda cuando estuvieron elaborando conmigo vinos simples y hasta cierto punto dulzones, si puedo rendir mucho más y entregar mejores cuentas. Les comento a propósito que hay un cuento chino que sigue circulando por ahí, según el cual una vinícola californiana de nombre Sutter´s Home empezó a producir este tipo de vino porque, según sus wine makers, los vinos sufrían de un problema llamado “stuck fermentation”, por el que las levaduras morían antes de terminar la fermentación dejando una buena cantidad de azúcar de mi jugo, no transformada en alcohol. Aquí entre nos, me saturaban con grandes dotaciones de azúcar más corriente que común, tanta que temí convertirme en diabética. Por fortuna las cosas están cambiando y los gustos de los consumidores también. En Baja California, por ejemplo, soy base de varios vinos rosados de primera. También hay quienes optan por utilizarme para elaborar vinos jóvenes, alegres y con aromas y sabores bien definidos. Al otro lado de la frontera, sobre todo en Sonoma y el área de Paso Robles, pueden encontrar vinos elaborados con “Zin” que es como me apodan por allá, fuertes y vigorosos, de colores y aromas intensos y atractivos. Me gustan los climas frescos, de preferencia con muchos días de sol. En la península de Baja California, se están haciendo cosas por demás interesantes con mis uvas. Por ejemplo, el mejor espumoso de la región, Espuma de Piedra, de Casa de Piedra, un vino nítido, seco, refrescante y de calidad excepcional. El Barón Balché Siete, aunque demasiado caro, un vino redondo y potente. Otro del que me siento más que orgullosa es el Gran Amado de Viñas de Garza en el que participo junto con algunas de mis mejores amigas: la Cabernet Sauvignon, la Merlot y la Tempranillo. Un vino en el que despliego, a coro con ellas, las notas aromáticas que me distinguen, como el aroma de la mora y la ciruela madura, el del anís seco, cuando mis vinos se avivan con el aire y el del cacao fresco, herencia de mi contacto con las maderas del roble, sin demerito, claro está, de lo que mis amigas aportan.

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