Vinos de interés social

Vinos de interés social

HERMOSAS, FAMOSAS Y SABROSAS

 

Por Dionisio del Valle

Poco a poco vamos dejando atrás el funesto malinchismo abriendo las puertas de nuestros sentidos al vino mexicano. Cada día más, vemos cómo los vinos de nuestro país se presentan, con banderas desplegadas, en las primeras páginas de las cartas de los mejores restaurantes en las principales ciudades.  Y es que así debe ser. Nuestra riquísima y variada gastronomía  merece consortes finos y elegantes, intensos a veces, de matices suaves y sabores alegres y expresivos otras. Cocina mexicana y vinos de nuestra tierra son, juntos, un tesoro del que pocos pueden presumir.

 Lejos estamos de convertirnos en un país en el que el vino cobre un arraigo tal que pueda considerarse ingrediente infaltable de nuestra huella cultural, sin embargo existen señas alentadoras.

Por ejemplo, nuestra vigorosa, sabrosa y variada cocina mexicana, que como todos sabemos, no es una sino muchas y el enorme potencial de la industria vinícola, vista en primer lugar como actividad agrícola.

Se dice que los valles de Ensenada  tienen todo para crecer cuando menos diez veces en superficie, pasando de las tres mil hectáreas que ya presumen una eminente vocación vinícola, a las treinta mil.

Claro, es cosa de contar con reglas claras y transparentes que permitan que empresarios agrícolas, de aquí y de allá, decidan invertir en la industria del vino en nuestro país y resolver temas pendientes, como el del agua, por ejemplo.

No pocos consumidores habituales recurren a una hipótesis que podría desanimar a cualquiera: la variedad de vino mexicano es limitada y cara. Pues fíjense que, como dice el rey de los indecisos: ni sí ni no.

Vivir en Tijuana tiene sus privilegios, uno de ellos es estar a tiro de pichón de la región más trascendente del aire y es que por aquí se produce casi todo el vino mexicano que, aunque no anda en boca de todos, sí ya de un grupo importante de consumidores a quienes podríamos llamar la ‘inmensa minoría’ como les decía el poeta Juan Ramón Jiménez a los pocos pero animosos y bullangueros lectores de poesía.

No deja de sorprender el ruido que hacen nuestros vinos, abriéndose paso como pueden entre la vasta oferta de chilenos y españoles, metiéndose cada día con mayor fuerza y méritos propios en las cartas de vino de los mejores restaurantes de México.

Y yo sí les digo una cosa, para esta cruzada se necesitan adeptos y muchos: apostar en favor del vino como una seña de identidad cultural. Para que eso suceda, sin embargo, se tienen que hacer mil cosas. Una de ellas, sin lugar a dudas, es ir convirtiendo al vino en un producto de interés social.

Nadie pretende hacer del vino una promesa incumplida o un algo poco digno, como por desgracia el término que encabeza este artículo parece sugerir sino todo lo contrario, que cada vez haya más interés de la sociedad en conocerlo, probarlo y consumirlo pasando del protocolo, la rigidez y el blof a la alegría, el jolgorio y la dulce compañía que es lo que el vino ha sido siempre, aquí y desde hace algún tiempo en China.

Otro asunto que no es menor es el del precio del vino en los restaurantes, situación que ha empujado a los consumidores a llegar al lugar de la tertulia con una botella de vino en la mano prefiriendo el pago de un descorche.

Dentro de muy poco veremos al mesero acercarse a nuestra mesa al final de una buena comida para preguntarnos “¿quiere usted pagar su vino a seis o a doce meses sin intereses?”. Inacabable discusión con mis amigos restauranteros.

Ellos culpan al IEPS, al IVA y a los altos costos de la vida. Nosotros, indefensos consumidores, sospechamos: ¿estaremos pagando el costo financiero de un inventario que se desplaza lento o las ineficiencias operativas del restaurante? De las otras novecientas noventa y ocho cosas luego hablamos.

Quede aquí constancia de nuestro anhelo, que lleguemos antes de que yo me vaya a tres litros de consumo anual por cabeza en México. Entonces podré decir, parafraseando a Amado Nervo: Vino nada me debes, vino nada te debo, vino estamos en paz.

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