Un inframundo vivo

Un inframundo vivo

HERMOSAS, FAMOSAS Y SABROSAS

 

Por Dionisio del Valle

 

Sabe la muerte a tierra, la angustia a hiel, Este morir a gotas Me sabe a miel

José Gorostiza

(Muerte sin fin)

 

Noviembre es el mes en que celebramos a la muerte. Pocas son las tradiciones pre hispánicas que han  trascendido en nuestro querido México. Una de ellas, producto de un sincretismo mágico, es la del día de los muertos. Cuando llegaron los españoles a la América ignota aplicaron las fórmulas básicas del catequismo cristiano a raja tabla: cielo o infierno después de morir dependiendo cómo os habéis portado en la vida. Los indígenas nomás no entendían nada. Su cosmogonía era mucho más compleja que la que quería importar el conquistador. Entre los pueblos autóctonos, en su mayoría, importaba más cómo morían a diferencia de qué tan bien o mal se habrían comportado. Por ejemplo, entre los pueblos de Mesoamérica los destinos para el más allá eran varios: Se podía ir a Tlalocan, si el infortunado moría ahogado o partido por un rayo, entonces el anfitrión sería  el popular Tlaloc; a Omeyocan, si se perdía la vida en batalla o las mujeres fallecían en un parto mal atendido, porque al fin y al cabo, la vida terminaba luchando. En este caso el maestro de ceremonias era el temible Hutzilopochtli; también estaba Mictlán, destino final de quienes morían de muerte natural, viejitos en su gran mayoría. Como ven, en la variedad está el gusto, no cabe duda y eso de que ahora solo haya dos destinos como que parece muy aburrido. Hasta hace poco teníamos la opción del purgatorio, pero parece que mantenerlo salía más caro que un penal de alta seguridad y se armaban unos motines que a cada rato había que mandar al escuadrón de ángeles de reacción inmediata y la cosa iba de mal en peor, así que vino la orden, según dicen de muy arriba y sanseacabó: no más purgatorio. Pero regresemos a la representación mundana de toda esta imaginería. Pues dos son los platillos que más evoco en estos días y que me acercan recuerdos nostálgicos. La calabaza en tacha y el mukbil pollo, claro que no dejo fuera el pan de muertos, joya infaltable de la excelsa panadería mexicana. La calabaza en tacha es el resultado de cocer en miel de piloncillo, canela, tejocotes y caña de azúcar la pulpa de la calabaza, preparando así una pasta que recibe el nombre de calabazate. Este típico dulce mexicano resulta una verdadera delicia que la gente acostumbra, en ciertas zonas de nuestro país, acompañar con un buen vaso de leche fresca. Yo creo que si le acercamos una copita de un buen oporto o de un vino mexicano de cosecha tardía, vamos a lograr un maridaje digno de ser recordado. Los vinos de cosecha tardía, como su nombre lo indica, son el resultado de dejar madurar las uvas antes de su cosecha por un periodo más o menos largo, permitiendo una madurez excesiva, aunque controlada, con la intención de obtener un vino dulce natural con un contenido alcohólico mayor, muy bienvenido para las épocas del año en las que empieza a dejarse sentir el frío otoñal.  Lejos de aquí, en la otra península mexicana, se prepara cada año el famoso mukbil pollo. Conocido como”comida del alma” este platillo es un tamal de maíz con carne de puerco y pollo cocinado, si se hace a la usanza típica, en un hueco previamente preparado con piedra caliza y enterrado con leña de chukum, producto de la quema de resina obtenida del mítico árbol del Copal. La fiesta no puede tener un nombre más hermoso: Hanal Pixán, fiesta de niños, de adultos y de todos los santos, historia sensorial que une dos culturas, escritas como en tantas otras ocasiones, a través de una sabrosa receta. Masa de maíz con manteca de cerdo, una proporción de cerdo por media de pollo, xpelón, o frijol tierno, achiote, llamado recado colorado, sal, tomate, cebolla, epazote y chile habanero. Todos los ingredientes, llamados ahora pibes, son envueltos en hojas de plátano y puestos a cocer.  Los vinos mexicanos tintos ligeros, elaborados con base en uvas Grenache y Cariñana van a resultar en un compañero más que recomendable, sobre todo si los buscamos jóvenes y además los refrescamos a una temperatura alrededor de los 16 grados centígrados. Es posible que estas recetas centenarias estén muy lejos de nuestras cocinas norteñas pero son, sin lugar a dudas, una de nuestras señas de identidad. Los altares de muerto, las flores de cempaxúchitl y las calaveritas de azúcar, créanmelo, fortalecen más y defienden mejor nuestros rasgos culturales que cualquier  aspaviento patriotero. La verdad, si se ponen a pensar, se oye mucho más bonito oír decir a un niño “¿me da mi claverita?” que escuchar a otro, vestido de Dark Vader espetándonos  un frío y amenazante ¡Trick or treat!”  ¡Qué miedo!

 

 

 

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