SANGIOVESE

SANGIOVESE

La variedad Sangiovese es la más plantada de las tintas italianas.

Hoy día existen casi cien mil hectáreas de viñedos de ésta extraordinaria uva en Italia

 

Por Dionisio del Valle

Mi nombre, si recurrimos a las fuentes etimológicas más antiguas de mi tierra, quiere decir sangre de Jupiter, y a juzgar por mis características organolépticas, Jupiter debió ser un dios de sangre ligera porque mi constitución es en apariencia frágil, aunque tengo algunos otros atributos que me ayudan a compensarla.

Aunque soy de cuerpo ligero y colores claros mi acidez es motivo de admiración entre quienes saben trabajar conmigo. Soy la variedad más popular en la región de la Toscana, lugar en donde se producen los famosos vinos de la denominación Chianti, del famoso Brunello di Montalcino y, por supuesto, del extraordinario vino Nobile di Montepulciano. Este último, por cierto, al que no hay que confundir con el vino Montepulciano d´Abruzzo, que se produce en aquella región y con una uva, prima segunda mía, llamada precisamente Montepulciano. Las tierras donde me cultivan colindan con los mares de Liguria y el Tirreno sobre la costa occidental de mi patria y es Florencia nuestra ciudad más emblemática, la joya de la familia.

El vino ha sido cómplice y compañía de todas las civilizaciones que han transitado por la Toscana desde hace milenios, pero fueron los etruscos quienes empezaron la aventura vinícola en esta región de Italia. Desde aquellas épocas mi reinado ha sido constante y mi descendencia activa y prolífica. Para asegurar mi permanencia quienes me procuran han experimentado con las mejores parras de mi cepa para desarrollar una serie de variedades clónicas que poco a poco van dando como resultado mejores vinos.

De los poco más de diez clones autorizados el más conocido es, sin lugar a dudas, el de Brunello, aunque existen otros menos conocidos.  Las normas de la Denominación de Origen son severas y algo complicadas, si las comparamos con los criterios más bien laxos del llamado Nuevo Mundo. En Chianti, por ejemplo, la D.O. permite cosechar hasta nueve toneladas por hectárea y que los vinos contengan un 11.5 grados de alcohol como mínimo y, en el caso del Chianti Clásico, que es una categoría superior, hasta siete y media toneladas y por lo menos 12 grados de alcohol.

Me gustan mucho los suelos con piedra caliza, en donde me da por producir uvas de gran calidad, en especial cuando la grava arcillosa proviene de un tipo de suelo conocido con el nombre de galestro, muy típico del terruño donde se elaboran los vinos clásicos de Chianti. El cambio climático ha empujado los días de cosecha de fines de septiembre a mediados y a veces hasta fines de octubre. Es cierto que prefiero ciclos largos, con veranos cálidos y poca humedad, razón por la que tampoco me gusta ser cosechada muy tarde, durante las temporadas de alta humedad y menos de franca lluvia porque, no lo divulguen, pero soy propensa a crear hongos.

Los vinos elaborados conmigo en la Toscana, si tienen una crianza tradicional y se beben jóvenes, tienden a ser frutales, frescos y, aunque poco aromáticos, intensos en sabores a frutas rojas frescas. Si la crianza es un poco más larga, mis vinos transitan de las notas que recuerdan la hierba y ciertas verduras a otros aromas más complejos, como la grosella y el alquitrán, quizás como resultado del tostado de la barrica que me alberga durante mi crianza. La vinicultura moderna me ha enseñado que las maceraciones por periodos más largos que los habituales, mi permanencia en barricas de roble nuevo y la mezcla con otras variedades como la Cabernet Sauvignon,  la Merlot o la Syrah por ejemplo, aunque en porcentajes pequeños, me ayudan a expresarme mejor.

Una de las mejores combinaciones es la que se da con mi prima hermana la Canaiolo, de la cual a lo mejor un día Dionisio les hablará. En México empiezo a darme mis vueltas, sobre todo en las casas en las que habitan productores de origen italiano, como en el caso de Camillo Magoni, quien por cierto nunca ha dejado de atenderme desde que pisé estas tierras.

 

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