Petite Sirah

Petite Sirah

Por Dionisio del Valle

 

Mi nombre no requiere de muchas explicaciones: me parezco mucho a la Syrah, pero mi complexión es menor, soy evidentemente más pequeña. Soy una variedad creada en un laboratorio, algo así como una uva concebida in vitro, hablando en términos humanos. Mi historia es muy peculiar. Nunca conocí a mi madre, una uva llamada Peloursin, que prácticamente murió al darme la vida, porque ya nadie se ocupa de ella. Mi padre, la portentosa uva Syrah, apenas si me reconoce y sus admiradores dicen que nada tiene que ver conmigo.

 

Por si esto fuera poco, al momento mismo de nacer fui llevada a Estados Unidos de América en donde he crecido y cobrado fama. El nombre de mi creador es François Durif. Fue él quien, con toda paciencia y rigor científico, procuró, a través de la polinización, la cópula vegetal de mis progenitores que ahora me tiene viviendo alegremente en éstas tierras. Como una especie de homenaje a su labor los vinos elaborados con mis uvas pueden llevar el nombre de Durif como sinónimo de Petite Sirah. Aunque nací en Francia soy ciudadana americana prácticamente desde que vi la luz por primera vez.

 

Conmigo se elaboran vinos de un llamativo color oscuro, casi como la tinta, si la maceración a la que me someten es larga. Los vinos que resultan de mis frutos son, en general, tánicos, es decir de aromas y sabores intensos. Me distingo por aportar al vino notas de fruta muy intensas que recuerdan los olores del arándano y la ciruela fresca.

 

En boca mis vinos tienen una grata sensación de presencia alcohólica en franca armonía con mis taninos. Me llevo muy bien con la madera, lo que quiere decir que mi paso por la barrica trae buenos resultados. Se dice, por ejemplo, que las notas aromáticas del cacao características de algunas variedades y provenientes del contacto del vino con la madera durante el proceso de crianza, en mi caso se convierten en una pequeña explosión de sabores que nos recuerdan aquellos chocolates rellenos de cereza y licor que alguna vez hemos disfrutado.

 

Aunque llegué hace más de un siglo a California mi popularidad es bastante reciente y he seguido los pasos de otra migrante que también ha sido adoptada como propia, la Zinfandel, ella de origen croata. La verdad me cae bastante bien y ya hemos experimentado algunas propuestas juntas, finalmente llegamos aquí para quedarnos y ella también tiene un sinónimo, la llaman Primitivo porque parece que sus abuelas eran de origen italiano, vayan ustedes a saber.

 

Volviendo al tema de mi residencia en Estados Unidos, como en otros casos similares, mis viajes a la península de Baja California empezaron a ser frecuentes y ahora me siento más que a gusto cada vez que alguien me invita a quedarme de este lado de la frontera. Adorno vinos mexicanos que son un verdadero orgullo, como los Ensambles de Paralelo, el Arenal y el Colina. El varietal de Bella Terra de Francisco Pérez Kachiriski, descendiente de las familias de origen ruso que se establecieron en la península de Baja California desde principios del siglo XX, se produce con mis jugos y es otro ejemplo de lo que se puede lograr cuando los vitivinicultores nos permiten expresarnos de manera libre y espontánea en el viñedo. Si a mí me gusta un lugar lo voy a decir a través de mis vinos, que es el lenguaje con el que me puedo comunicar con los humanos.

 

En México somos muchas las variedades que nos sentimos bien. No sé si un día una de nosotras será la Miss México, pero por el momento estamos bien así, contribuyendo todas al enriquecimiento de una viticultura que está tomando cada día más fuerza. Espero verlas pronto, aquí entre nos y modestia aparte, soy como el bicarbonato: ¡la que me prueba me repite!

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