¿Mujeres sacerdotes en la Iglesia Católica? Las razones reales de “por que no”

¿Mujeres sacerdotes en la Iglesia Católica? Las razones reales de “por que no”

Por Padre Jorge Echegollén Flores

(Parte 2 y última)

*Consulta aquí la primer parte del artículo  

En definitiva el tema de mujeres “sacerdotisas” se ha convertido en plataforma para los que pretenden crear una iglesia nueva, según criterios humanos. El Papa San Juan Pablo II, de feliz memoria, en su definitivo documento Ordinatio Sacerdotalis zanja la cuestión:

Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.”(O.S. #4) (Mayo de 1994).

No es entonces que la Iglesia haya impuesto una ley, sino al contrario.  La Iglesia se declara sin autoridad para actuar por encima de lo establecido por Cristo. Un año después, el 25 de octubre de 1995, la Congregación para la Doctrina de la Fe en su respuesta a una consulta del episcopado estadounidense, señalaba que esta enseñanza ha sido considerada “infalible por el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia“.  “Infalible”, quiere decir que la Iglesia la presenta como verdad segura sin error.

El Papa ampliamente explica la verdadera dignidad de la mujer y su magnífico lugar en la Iglesia en su Carta a las Mujeres. “Cristo, llamando como apóstoles suyos sólo a hombres, lo hizo de un modo totalmente libre y soberano. Y lo hizo con la misma libertad con que en todo su comportamiento puso en evidencia la dignidad y la vocación de la mujer, sin amoldarse al uso dominante y a la tradición avalada por la legislación de su tiempo” (Mulieris dignitatem).

Los errores principales, en los anglicanos por ejemplo, giran en torno a dos problemas. El primero es no concebir adecuadamente el sacerdocio sacramental, confundiéndolo con el sacerdocio común de los fieles. El segundo, es dejarse llevar por los prejuicios que ven en el sacerdocio ministerial una discriminación de la mujer y paralelamente un enaltecimiento del varón en detrimento de la mujer; es una falta de óptica: En la Iglesia católica, el sacerdocio ministerial es un servicio al Pueblo de Dios y no una cuestión aristocrática; es más, esto último es precisamente, un abuso del sacerdocio ministerial semejante al que contaminó el fariseísmo y saduceísmo de los tiempos evangélicos.

Finalmente, los más grandes en el Reino de los Cielos no son los ministros sino los santos; y –excluida la humanidad de Cristo– la más alta de las creaturas en honor y santidad, la Virgen María, no fue revestida por Dios de ningún carácter sacerdotal. De aquí se entresaca una conclusión muy clara; Tanto el hombre como la mujer son hechos a imagen y semejanza de Dios y los dos tienen la misma dignidad ante Dios, solo que cada cual tiene su función

 

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