Le pareció inofensivo el coqueteo; le pareció inofensivo el “jugar” un poco en la webcam y dar sus redes sociales… hoy está:

Le pareció inofensivo el coqueteo; le pareció inofensivo el “jugar” un poco en la webcam y dar sus redes sociales… hoy está:

¡Torcido!

 

POR MARU LOZANO

 

Así, torcido, se encuentra nuestro soplón en sus 60s; dedicado a medios de comunicación y conocido en su localidad, y torcida también aquella estructura familiar que le sostenía, y que por supuesto ha hecho nula su estabilidad.  Sin dudarlo, miles de ventajas ofrece el uso de dispositivos electrónicos, pero ¿qué con la responsabilidad al usarlos?

 

¿Cuál es tu estado civil?

— Casado, con tres hijos maravillosos, uno en preparatoria y dos en universidad.

 

¿Cómo empezó tu pesadilla?

— Por tonto y ególatra, por decir lo menos.  Sentía una gran satisfacción al revisar mis redes sociales y notar cómo la respuesta de la gente se incrementaba, porque mi trabajo depende de la reacción de la gente.

 

¿Tenías redes sociales por necesidad laboral?

— Así es, pero no separé ni protegí mis redes personales.  Nunca tuve cuidado en ocultar la lista de seguidores, y ahí se encontraban familiares, amistades, jefes, compañeros de trabajo, incluso mis hijos.  Me sentía realizado al estar seguro que todos se daban cuenta de mi popularidad.

 

¿Conectabas tú o te buscaban?

— Ambas cosas, es que yo tengo que hacer entrevistas de todo tipo, hacer los programas, asistir a eventos, etc.  Sin embargo, esto no provocó mi situación actual, la verdad es que ingresé a un sitio de citas por internet para satisfacción personal.  Según yo estaba de incógnito porque no puse mi nombre real, ni fotografía personal.

 

¿Cuántos encuentros así tuviste?

— Varios, todos casuales, y en cuanto me enfadaban o ya no representaban emoción, les bloqueaba.

 

¿Qué pasó para decir que estás torcido?

— Hubo una mujer que llamaba poderosamente mi atención, extranjera y al parecer muy interesada en mí.  No me preguntaba ni presionaba, sólo la pasábamos bien por cámara web.  No tuve consciencia del riesgo, y confié, porque pensé que de esta manera no dañaba a nadie. Incluso yo me encontraba en mi casa, y mi esposa cada vez que llegaba de su trabajo me encontraba viendo televisión, mis hijos igual.

 

¿Se dieron entre sí, sus redes reales?

— Sí. Error, lo sé.  Pensé que era inofensiva, y finalmente di mi nombre y presumí también a lo que me dedicaba.  Ella muy discreta, nunca daba “like” a nada, pero sí me lo comentaba cuando nos veíamos.  Yo me sentía muy contento.  Supuestamente ella sí me había dado su nombre real, y me agradaba que en sus redes parecía tímida, una madre soltera luchona y aparentemente sin pretensión alguna.

 

Y entonces, ¿qué fue lo que te hizo?

— Empezó el chantaje.  Me contactaron para pedirme un depósito de dinero, y que de no hacerlo, mostrarían mis encuentros virtuales con “ella”. ¡Tenían mi lista de contactos!  Entré en pánico, y desde ese momento protegí mis cuentas.

 

¿La volviste a ver?

— No.  Pero pensaba conectarme y terminar los encuentros, sin embargo, jamás pude tener acceso otra vez.  Me di cuenta que era parte de la “sextorsión”.

 

¿Con quién lo platicaste? ¿Pediste ayuda?

— Al principio con nadie.  Por mi profesión sentí que era delicado.  Lo que hice fue un programa especial dedicado a este tipo de páginas, y a la importancia de protegerse en internet.  Ya después, sí necesité pedir la intervención profesional para parar esto.

 

¿Sabían en tu casa?

— No.  Pero desde el primer momento en que me contactaron no tienes idea el infierno que vivo.

 

¿Depositaste dinero?

Sí, dos veces.  La primera fue una cantidad fuerte, y la segunda ocasión tuve que pedir un crédito.  Ya una tercera ocasión era imposible, y tuve que pedir ayuda profesional.  Puse una denuncia, cosa que no quería hacer por ser “conocido”, y te imaginarás lo desgastado que estaba ya, física, emocional y económicamente; literalmente descolocado.

 

¿Y tu familia?

— Nada sabían, sin embargo, llegó el momento en que todos me reflejaban lo mal que me veían.  Los reuní y les conté.  Hubo un silencio cortante, y mis hijos se levantaron y se fueron; mi esposa lloró y me dijo que no le volviera a dirigir la palabra.  No sabía qué hacer, ¿qué seguía? No tenía la fortaleza de tocar la puerta de ningún familiar, estaba devastado.

 

¿Qué hiciste entonces?

— Hice un correo a mi esposa y a mis hijos donde les decía lo mucho que los quiero, lo arrepentido y avergonzado que estoy, pedía perdón por lo que ocasioné, y decidí irme a vivir al departamento de un amigo que me escuchó y me ayudó de momento, porque por supuesto: estoy quebrado.

 

¿Se descubrió y procedió la denuncia?

— Sí.  Es un grupo de mafiosos que están en otro continente, no te puedo revelar mucho, pero accedí a contarte esto para que todos los que lean esto se cuiden.  Utilizan gente de todo tipo, mujeres y hombres que se prestan a ser “buenos amigos”, y  parecer inofensivos.  No tienes que ser figura pública, cualquiera es vulnerable.  El proceso legal en redes es lento; se puede saber “quién fue”, pero recuperar lo perdido es casi imposible.

 

¿Cómo restaurarte?

— Mi familia parece ser más madura que yo, pero me encuentro muy mal, no merezco su perdón, y lo que estoy haciendo es ir a terapia para enmendarme de alguna manera. Sólo sé que no hay que pasar por este tipo de cosas; es un dolor indescriptible.

 

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