LAS EDADES DEL VINO

LAS EDADES DEL VINO

Nos vamos de este mundo igual que llegamos: sin pelo, sin dientes y sin ilusiones.

Alejandro Dumas

 

Los seres vivos compartimos un fatal e irremediable desenlace. Nacer un día para morir otro, llegar y partir con lo puesto sin que los designios del Universo se vean alterados en lo más mínimo. Sin embargo, como Ulises nos lo recuerda cada vez que lo evocamos, no es el destino sino el viaje mismo el que da sentido a nuestras vidas. Una parra abandonada puede dar frutos pero nunca vino, como un hombre o una mujer puede  transitar por la vida sin pena ni gloria, desperdiciando cada hora y cada minuto de su existencia. El vino nace por obra y gracia del ser humano, debido a su capacidad para crear y transformar lo que la Naturaleza le ofrece durante su residencia en la Tierra. ¿Qué pasa si intentamos interpretar el mensaje secular del vino de manera lúdica?  Quizás logremos entender un poco mejor nuestra intrincada naturaleza. Vale la pena atrevernos.

 

Vino Embrión. Caldo en gestación, producto a veces de la complicidad entre dos reinos, el animal y el vegetal. Flor polinizada, sexo en polvo, vida nueva fecundada en el campo y concebida en forma de fruta. Gravidez que reposa en un vientre de madera durante los meses necesarios previos a su nacimiento. Mosto que es fuente de vida, pulpa y hollejo convertidos en sangre nueva. Transformado en vino recién nacido que demanda los cuidados de su bienhechor antes de iniciar su viaje fuera del útero protector.

 

Vino niño. El que llega a la cuna de vidrio, botella que guarda el sueño del que apenas respira. Inestable, frágil y desprotegido. Con los ojos cerrados y desprovisto todavía de las más elementales fuerzas para sobrevivir sin los cuidados de su gestor. Es el vino que tiene que aguardar, unos días, unos meses, antes de valerse por sí  mismo y salir a jugarse la vida.

 

Vino Joven. Impetuoso, ya dotado de personalidad propia pero con más fuerza que experiencia. Listo, eso sí, para andar el camino solo. Atractiva compañía de tertulias alegres. Vino de expresión sencilla y honesta, que no presume más de lo que puede brindar. El que combina bien en ambientes relajados y de la mano de alimentos naturales, poco complicados y que al servirse fresco y sin alardes hará del momento en que se ofrezca un jubiloso e inolvidable instante.

 

Vino Maduro. Arduo e intrigante, concebido con la idea de que perdure en el tiempo sin perder sus características originales, sino al contrario, desarrollando a lo largo de su existencia nuevas y variadas formas de expresión compleja. Un vino para ser tratado con respeto y paciencia y al que se debe aprender a conocer con atención, desde el momento mismo en que lo percibimos porque nunca revela su personalidad en primera instancia. Milagro líquido que se transforma durante el efímero instante que transcurre entre el momento en que se descorcha y el último suspiro que supone la postrera gota consumida.

 

Vino Viejo. Experiencia acumulada de aromas y sabores nostálgicos. Canas y arrugas que se presentan con tonalidades de ladrillo y olores que nos llevan de la mano de la memoria olfativa a surcar bosques de cedros viejos, de fugaces notas de acidez rancia y elegante. Vino al que se debe tratar con cuidado y respeto porque camina lento y habla pausado. Vino al que hay que llevar de la mano, sin prisas ni sobresaltos.

 

Son las edades del vino, este amigo fiel y pertinente, testigo inmutable de todas nuestras penas y alegrías, nuestros honores y nuestros horrores. Caminante incansable desde dios sabe cuándo, referente eficaz y metafórico de las pueriles enseñanzas bíblicas, demonio irredento y villano consentido del Corán, perro fiel del Talmud, amante descarado de todas las cocinas de este mundo, fuente de inspiración de los locos descarados que destruyen las palabras para construir poemas. Ni por un momento imaginarnos sin su presencia. Y es que sus edades son las nuestras, como su destino, atado para siempre a los avatares que nos condenan. Sin hombre no hay vino y sin vino no hay hombre. Fatalidad para unos y bendición para otros,  por los siglos de los siglos.

 

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