LA VID Y LA VIDA

LA VID Y LA VIDA

La Naturaleza requiere más fe que los milagros

Thomas Carlyle

 

El cultivo de la vid es, en sí mismo, una alegoría de la vida. La planta madre que concibe el fruto de sus amoríos con la tierra a la que permanece atada durante toda su vida, recibiendo de ella  alimento y protección. La vid vive para sus hijas, se yergue vigorosa en busca de la luz solar y se interna silenciosa y paciente en suelos más bien agrestes, en apariencia poco aptos para la vida. Sin embargo la Madre Naturaleza es sabia y dispone de las condiciones necesarias para dar a luz maravillas. De cualquier manera el viñedo depende de que esas condiciones le sean propicias porque del buen tiempo dependen las buenas cosechas, lo que obliga al buen viticultor a ser humilde, aceptando los designios de lo que no se puede gobernar.  Al principio pisábamos las uvas sin lastimar las semillas transmitiendo nuestro calor y disparando, de manera inopinada, el proceso de la fermentación.  Poco ha cambiado de este rito silencioso desde que somos sus alegres cómplices: la uva como alimento de esos pequeños microorganismos llamados levaduras, que consumen el azúcar de la fruta hasta desfallecer, transformándose en alcohol. Hemos aprendido a cultivar y seleccionar levaduras que incrementan la calidad de nuestros vinos, ejercemos un control sobre la temperatura en todos los procesos de vinificación, aprendimos a utilizar depósitos de acero inoxidable, ya probados en otras industrias que demandan altos índices de higiene, como es el caso de la producción lechera. Somos capaces, para bien y para mal, de manipular genéticamente especies y variedades lo que a su vez nos permite producir vinos de acuerdo a los gustos y preferencias de los consumidores, lo que no debería sorprendernos si consideramos que pronto podremos escoger el color de los ojos de nuestros hijos y quizás, algún día, morir solo de viejos y no a causa de alguna enfermedad.

Yo quiero ver en el ciclo de la vid una metáfora inquietante, la conquista siempre aplazada de la supremacía humana sobre aquello de lo que depende para vivir. Un terremoto, una plaga incontrolable, un devastador huracán, paradójicamente, ponen las cosas en el lugar que les corresponde. No somos ni nunca seremos dueños del azar, ese dios impredecible e irascible al que nunca llegaremos a comprender pero del que fatalmente dependemos.  La impredecible ola de calor de los días pasados, que arrasó con buena parte del viñedo bajacaliforniano, es una pequeña flor de nomeolvides, regalo siempre oportuno de la Madre Natura que nos recuerda la a veces insoportable vulnerabilidad de nuestra presencia.

Es entonces que aparece el vino y acaricia nuestro espíritu con la intención de alegrarnos el corazón sin otra razón que la de celebrar la vida, pese a las vicisitudes y contratiempos cotidianos. Cuando descorchamos una botella de vino con la familia o los amigos, comprendemos que  son las palabras hoy, ahora y aquí, tan sencillas como se pronuncian, las que deben regir nuestras vidas e iluminar el incierto camino por el que transitamos.

 

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