LA CUNA VERDE

LA CUNA VERDE

Amanece en la noche del cuerpo.
Allá adentro, en mi frente, el árbol habla.

                                                                                              Octavio Paz

 

Por Dionisio del Valle

Habito en la tierra desde mucho tiempo antes que hombre o mujer la haya pisado. Desde el momento en que mi simiente penetra el suelo negro y húmedo de los bosques, comienzo a dar señales de vida.

Mi apariencia es precaria sólo durante algún tiempo. Con paciencia y ausencia de fuego y depredadores, puedo alcanzar doscientos y hasta seiscientos años de edad.

Apacible fue mi residencia en los bosques que habito en el centro de Europa y en la franja este del continente americano, hasta que un día alguien decidió que con mi cuerpo sería fabricada la cuna en la que debía reposar la uva fermentada.

 

No existía mejor piel que la mía….

Mi nombre es Querqus. En Europa me llaman Petrae y en América simplemente Alba, aunque soy más conocido como Roble francés y Roble americano, según sea el caso.

Si la memoria no me traiciona, hace unos ocho mil años quien disponía de mí para calentar su cuerpo, y el de quien junto a él estaba, descubrió que no existía mejor piel que la mía para guardar ése milagroso líquido al que llaman vino.

Primero utilizaron mi madera para su transporte, luego para su crianza y añejamiento. Soy la envidia de mi primo el castaño y de mi hermano el encino.

 

Privilegiando sus imponentes cuerpos

Mi casa es antes y primero, el centro de Francia: Nevers, Argona, Vosgos, Limousine, Borgoña y, por supuesto Alliers. Los maestros toneleros, nombre que reciben quienes convierten nuestros admirables troncos en úteros de madera, procuran que los bosques en que vivimos estén densamente poblados para que tengamos pocas ramas, privilegiando siempre la fortaleza y verticalidad de nuestros imponentes cuerpos.

Mi madera garantiza, como ninguna otra, la porosidad que ayuda al vino a respirar, es decir, a recibir la dosis mínima y necesaria de oxígeno, aunque al mismo tiempo soy impermeable y muy maleable. Habemos robles de maderas más duras, como las americanas y más blandas, como las francesas.  Esto, dicho sea de paso, no es un defecto sino una característica.

 

El proceso

Las barricas que se producen con el roble americano suelen ser un poco menos costosas que las europeas. Mi cuerpo deberá ser secado y tostado para proceder entonces  a convertirme en barrica.

Hongos, humedad, viento y microorganismos participan involuntariamente en este proceso. Son parte de este funeral activo que me prepara como la hermosa caja fuerte en que habré de convertirme.

Como no puedo hablar, expreso mi alegría con aromas. Mi sonrisa huele a almendras tostadas y a vainilla. Si me descuidan en tan delicado proceso puedo adquirir olores desagradables que habré de transmitir al vino de manera fatal.

 

Utilitario en la “vejez”

Como ya dije, mi edad nada tiene que ver con la de los humanos. Es cuando cumplo los ochenta años de edad que mi madera puede ser de utilidad para la crianza de un vino.

La creciente demanda de vino, comparada con la capacidad que tenemos los bosques de roble para satisfacerla, ha llevado a los toneleros a recurrir a métodos de producción más rápidos, sacrificando con ello la calidad de la madera y obteniendo fragancias más pobres, sabores vegetales y gustos amargos, lo que puede derivar en vinos con mayor astringencia y sequedad exagerada.  Hay enólogos que prefieren usar barricas con tostados más enérgicos, lo que aporta al vino una cantidad menor de taninos.

Sin falsa modestia puedo asegurar que mi presencia en la crianza de un vino, tiene los mismos efectos que el sol en la piel humana. Nada puede aportar un color más sano, definido y portentoso que una buena barrica. Finalmente, no podría aspirar a un mejor final: mi alma no se va a cielo alguno, se convierte en mil barricas que a su vez contienen la más líquida, expresiva y efímera de las alegrías humanas.

 

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