La bendita reconciliación

La bendita reconciliación

SALUD EMOCIONAL

 

POR LORENA CELINE DHIR

 

Pudiera escribir un desplegado de las infinitas experiencias que por mi labor de terapeuta, me permiten extender un panorama de los tantos mares de palabras, malos entendidos, suposiciones mentales a veces reales y a veces irreales, de tantos encuentros y desencuentros, palabras no dichas y silencios incómodos de los noviazgos, matrimonios, relaciones abiertas o no establecidas, que como humanos, en busca siempre de un amor acorde a nuestra alma y tiempo, se logre acomodar.

Y aún así, si no fueran bastas las peleas o discusiones que asoman en una relación, nunca será estadísticamente perfecto el convivio entre dos personas, como para que no existan roces, ni mal sabor de boca.

 

Ninguna relación carece de problemas

Tener conflictos es tener una relación real, saber aprender de ello y transmutarlo para mejorar la relación o no, es una tarea ardua pero no imposible, que queda en el proceso emocional de casa uno.

¿No habrá un contador automático en nuestra memoria para discernir entre cuantas veces nos hemos equivocado? ¿Cuántas veces el ego se asomó antes que la razón, y se dispararon frases propiamente hirientes, clavadas como estacas en el corazón?

¿Cuántas  veces un impulso se convirtió en arrebato, y por no ceder ante la situación una discusión vana, que debió ser pequeña, se convirtió en una pelea interminable donde en vez de salir perdiendo uno, salieron perdiendo los dos, si es que la suma termina ahí?

Ojalá sólo fuera a las relaciones de pareja, a lo que ésta que parece regla de roce aplicara, pero no es así…

Somos humanos y nos relacionamos de madre a hijo, de padre a hija, entre hermanos y hermanas de lazo sanguíneo y no sanguíneo; se da la relación con amistades que son compadres o no compadres, o relaciones laborales que se profundizan o que se quedan dentro del trabajo, pero al final de cuentas, nos relacionamos y convivimos, y ello se convierte en rutina, el establecer lazos con nuestro eje. Y entre ello, en la adaptación y el conocimiento, surgen diferencias de cualquier tamaño, pero eso mis queridos lectores no es el problema.

 

La clave es, ¿cómo actuamos ante el conflicto?

El problema es la manera en que respondemos ante un conflicto, ante un roce o una discrepancia.

La diferencia estriba en la capacidad de estar dispuesto a que esto sea un aprendizaje o un límite, y no un círculo vicioso de ego contra orgullo que es un cuento de nunca acabar.

Por eso hoy hablaremos de la reconciliación.

Primero y para no adentrarnos en tantos términos etimológicos, dejaré una definición muy cercana y humana que me agradó:

“Reconciliación es la acción y la consecuencia de reconciliar. Este verbo hace mención a dejar atrás una pelea o un enfrentamiento, retomando una amistad u otro vínculo que se encontraba interrumpido por una irregularidad o roce”.

 

Y, ¿qué significa reconciliarse en la práctica?

Cabe mencionar que la relación, y aquí me enfocaré a subrayarlo: No es regresar precisamente, si acaso algo se ha desvanecido o separado. Es precisamente hacer consciencia de la situación para no regresar al mismo lugar, conducta o forma.

Claro que en la mayoría de las reconciliaciones si hablamos de pareja, éstas se vuelven a unir.

Pero aún cuando haya una separación o divorcio, y la solución no sea regresar, puede haber reconciliación. Se puede reconciliar la estabilidad y congruencia con lo que quiero o no quiero con mi ex pareja, aunque finja otro papel. Es hacer las paces con tranquilidad, y con un futuro inmediato de comulgar con la idea de aceptar y perdonar. Seguir adelante sin la preocupación de que hay algo inconcluso que en algún momento mi mente va querer cerrar de alguna u otra forma.

Cualquier reconciliación es posible, cuando los miedos dejan de ser protagonistas, y nos abrimos al diálogo para ” arreglar las cosas”.

No hay otro camino mas que el dialogo para ello, seguido de la esperanza, y

terminando por establecer otra vez la confianza.

Porque cuando la confianza se hace añicos, va de lazo con el corazón, con nuestra autoestima, con la pelea frente al espejo y la firme promesa de autoayuda de “esto no me vuelve a pasar”.

Es irónico como al enojarnos con alguien o alguna situación, nos enojamos con nosotros mismos y sin piedad nos juzgamos, y al relacionarnos, de pronto salen destellos con quien tal vez no la debe, o tal vez quien sí la debe, pagó el precio hace mucho tiempo.

 

La reconciliación es un acto sublime de consciencia mutua:

¿Donde esta el error? ¿Con quién más me ha pasado?¿Hasta dónde debo permitir que afecte? ¿Ha sido coherente mi comunicación, y al enojarme digo lo que pienso o lo que siento? Y lo más importante: ¿Cómo puede repararse el daño?, ¿quién me lo puede reparar, ¿cómo?, Y si no hay un quien, ¿empiezo a repararlo por mí mismo?

Porque es un hecho que lo mejor de todo, y lo que fortalece las relaciones, son las reconciliaciones.

Ayuda mucho entender que somos humanos y que hay actos reconciliables. Que en la balanza del amor saber ceder de acuerdo a la pregunta: ¿vale la pena?, me hará poner un limite y transmutar la relación, o poner el limite para terminar la relación y saber  donde es el fallo para que ésta situación no vuelva a envolverme.

En el lenguaje del amor, aceptar y confiar es la clave… Y es que entre perder o ganar a alguien, se piensa muy diferente.

Comentarios

comentarios