¡Ignoraba que era malo!

¡Ignoraba que era malo!

 

Por Maru Lozano

 De repente la jovencita o el jovencito crecen y al conocer la teoría de sexualidad, se dan cuenta que fueron tocados, incomodados, convencidos de sentarse en las piernas del adulto acosador y sufren porque el silencio continúa, pero ahora conscientemente.

El abuso lascivo es el más común de los abusos sexuales.  Es ese deseo sexual que se da con una mirada que traspasa y hace que a uno le den escalofríos.

Cuando los hijos son pequeños, no saben que fueron violentados y al crecer, sienten que fueron causantes de todo y por eso callan la experiencia.

Es alarmante la cifra de la OCDE que tristemente acota que México ocupa el primer lugar en abuso sexual, violencia familiar y homicidios en menores de 14 años.  Pero más alarmante aún lo que dice la senadora del PRD, Angélica de la Peña que en 25 entidades de nuestro país, el abuso sexual infantil no se considera delito grave y salen bajo fianza. ¡Qué horror!

Ya es sabido que la mayoría de los casos es entre familiares o conocidos que cuentan con la confianza y libertad que los padres dan para estar con el pequeño. Aquí no importa el status social ni económico y, para una madre, saber que su segunda pareja, un primo o un tío pudiera haber lastimado a un hijo es difícil de digerir. De hecho, enterarse puede ser motivo de negación y causar enojo con el mismo hijo-víctima.

Pensemos en ese hijo.  ¿Cómo y en dónde acomodar lo que sentía, lo que por cierto en su momento, nunca pudo identificar?

Como mamá, se siente enojo y tristeza.  Esa desilusión que da el que alguien se te caiga del pedestal es deplorable.  Qué confusión tan grande y qué impotencia no poder comprobar, demostrar, hablar, etc.  Pero es necesario validar lo que un hijo dice y ayudarlo. Hay que entender que es víctima.

Yo le diría: “Siempre que una persona te haga sentir incómodo, tienes derecho a alejarte”.  Pueden hacerte sentir incómodo con palabras o actos, ¡no importa la edad! Pero antes de los dieciocho, hay que decir a los ojos a esa persona, “¡déjame en paz y voy a decirle a mis papás!”  Ya pasados los dieciocho, “¡déjame en paz y te voy a denunciar!”

Normalmente las víctimas no hablan, siempre las personas que son agredidas sienten “culpa” y por eso no dicen una palabra.  Imagínate, si uno como adulto no sabe qué hacer con la información, ¿qué sentirán ellos?  ¿Cómo resolverlo? ¡Lo hacen aguantando y resistiendo! No se vaya a recibir un regaño…

Pero si te enteras, por favor, nunca le cuestiones ni abrumes diciendo: “¿Por qué te dejaste? ¡Debiste haberme dicho de inmediato!” o frases por el estilo.  Son chicos y no tienen idea de tal dimensión igual que nosotros los adultos, así que es mejor decirles que se alejen y digan lo que no les gustó. Que si no les creen, vayan con otra persona, tía, maestra… ¡alguien creerá!

Para prevenir, es importante no dejar a los niños solos y se puede cuestionar: ¿cómo te fue con tu tío, abuelo, padrastro, etc.? ¿te incomodó algo? Poner en pláticas familiares este asunto y discutirlo juntos llegando a la conclusión de que “hablar” es la solución.

Es excelente acudir a un consejero experto para que oriente a la familia y poder prevenir.  Proporciona confianza, documéntate del tema para empoderarte tú y a los tuyos. Verás cómo teniendo conocimiento amplio, darás bases firmes a los pilares de tu hogar.

 

AL INTERIOR DE UN HIJO

“Siempre me obligaban a ser amable con mi abuelito, a recibir y agradecer sus regalos.  Tenía que decir que me gustaban mucho y dar besito de piquito.  Sólo a la orientadora de la escuela le platiqué lo que me hacía. No quiero lastimar a mi mamá porque lo adoraba, ¡si le digo se muere!  Además, no me creería que hace muchísimos años me pasó todo eso.  ¿Ya para qué?  Total, ya se murió.  Lo que sí no soporto, es que se me acerquen los hombres, yo nunca me voy a casar ni a tener hijos, no quiero que sufran”.

Estudiante de preparatoria, 16 años

 

 

 

 

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