“Hombrecito de esta casa”

“Hombrecito de esta casa”

 

Por Mayra Medina De Hijar

En este mes del padre abordaré un aspecto frecuente en nuestra sociedad, respecto al rol paterno dentro de una familia. Me refiero a los hijos parentales. Son aquellos hijos hombres o mujeres, los mayores o los más pequeños, que de manera directa o indirecta llevan consigo el rol de padre-madre-cuidador de su familia nuclear, conformada por ambos o alguno de los padres más los hermanos, y en muchas ocasiones, sólo ellos, más uno de sus padres.

Por esta ocasión mencionaré específicamente al hijo varón mayor y menor, quienes por ausencia del padre se convierten o son designados como “el hombrecito de la casa”, o en el caso de los menores, en “el cuidador en la vejez”.

 

Hombrecito de la casa

Puede ser el hijo mayor, el que sigue de una hermana mayor, o aquel con más hermanos mayores que por serlo, abandonan el hogar, ya sea por muerte o ausencia del padre, divorcio de sus progenitores, por un matrimonio propio temprano, la búsqueda de independencia, o simplemente por no aceptar una responsabilidad ajena que ven venir y se niegan a tomar.

Ante la inminente estafeta paterna que está por llegar a ellos, emprenden su independencia y autonomía, dejando el cargo al próximo inmediato, que por su cualidad de menor, acata por lealtad a la madre o al padre, asumiendo así el rol de proveedor, cuidador y compañía.

Si este puesto llega al hijo mayor y no emprende la huida, asumiendo el rol paterno, éste se convierte en proveedor, cuidador y guía de sus hermanos menores, así como figura de autoridad a la par, o incluso por encima de la figura materna.

Suelen ser niños precoces en muchos sentidos; rígidos, trabajadores, pequeños adultos, poco sociables y muchas veces con estudios y aspiraciones personales truncas, como parte de su aportación para el desarrollo de los más pequeños. Si llegan a formar su propia familia se vuelven grandes cuidadores y proveedores, pero con amplias carencias expresivas de afecto, o ligereza de la vida.

También son muy autocríticos y sin tregua para la diversión o esparcimiento personal. No saben darse ese permiso. Les falta pues, ser esos niños o jóvenes que no llegaron a ser. Suelen formar pareja con personas más jóvenes que ellos por su experiencia protectora, o bien forman parejas con una persona mayor, que de alguna manera represente la dinámica vista en casa: hombre joven (ellos como figura paterna) versus mujer mayor (la madre), y de esta manera, se sostiene el equilibrio conocido.

 

Cuidador en la vejez

Suele ser el hijo menor, el que en su momento fue consuelo y refugio. El que por su fragilidad de hijo pequeño sirvió como contención de la propia fragilidad del padre o la madre que se quedó solo(a), y que vierte en este hijo, por el propio temor e incompetencia para afrontar la responsabilidad de ser un padre o madre soltero, viudo, divorciado o abandonado.

Se convierte entonces en el hijo que suele no formar familia propia; poco sociable, pocas o nulas relaciones de pareja. Cuidador de adultos pero incompetente para autocuidarse. A este hijo al igual que al “hombrecito de la casa”, les falta reconocer su propio valor, sus propios deseos, sus metas y aspiraciones, ya que simplemente poco fueron estimuladas.

Si llega el hijo cuidador a formar pareja, es muy probable que lo haga con personas de mayor edad, con cierto dominio y control sobre ellos, o nunca consolidar una relación. Gran parte de la frustración de estos hijos cuidadores recae sobre su propia persona, o bien puede manifestarse de manera violenta contra sus parejas.

Ambos casos representan otra cara de la paternidad de ese rol proveedor, cuidador, seguro, guía y compañía, que un padre suele ejecutar. Sin embargo, la realidad es que ambos no son ni padres de sus hermanos, ni esposos de sus madres, simplemente porque no les corresponde, pero la baja autoestima e incapacidad de resiliencia de parte de la madre, del padre, o de ambos ante las adversidades, por el abandono de algún miembro de la pareja, la viudez o el divorcio, hace que involucren y suman en este rol a estos hijos.

 

Se les despoja directa o indirectamente del rol que por derecho les correspondería: ser hijos y nada más

En el caso de los padres, deberían ser ese hombre y esa mujer de frente, responsables ante la vida que decidieron construir. Corriendo el riego de reestructurar sus vidas, fortaleciendo su autoestima ante los momentos de crisis. Desempeñando su rol materno y/o paterno con los recursos que tienen, y mostrando a todos sus hijos, cómo enfrentar la vida con todos sus retos y deleites, de forma responsable.

Si conoces a un hijo parental, piensa dos veces antes de felicitarlo en este día del padre. ¿Le corresponde seguir desempeñando ese rol? ¿Cuánto más? ¿Quién será el buen samaritano que le diga: ¨Ese saco no es tuyo¨.

Si eres un hijo parental reflexiona en la estafeta que has portado todo este tiempo. Si aun decides voluntariamente portarla, muy bien, pero si no sabes qué hacer con ella, por favor busca apoyo profesional para aprender a delegar la valiosa labor que has hecho a quien(es) les corresponda, tomando así la estafeta de tu propio vivir. Esa sí es tu total y más amorosa responsabilidad.

 

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  • La autora es Licenciada en Psicología Familiar, Psicoterapeuta Familiar y de Pareja.

 

 

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