FELIPE PAVLOVICH DEL RAZO

FELIPE PAVLOVICH DEL RAZO

Un hombre visionario que ha sabido reinventarse

Su huella como empresario restaurantero es indiscutible en Tijuana, así como el legado que ha dejado en otras áreas como la del turismo médico, pero es el atreverse a compartir su duro testimonio, lo que sin duda ha cambiado vidas

“No me juzgues por mis éxitos,
júzgame por las veces que me caí y volví a levantarme”
Nelson Mandela

Por Ana Patricia Valay

¿Quién no conoce a Don Felipe Pavlovich? Un caballero en toda la extensión de la palabra. Carismático y con un verdadero don de gentes. Alegre, risueño y franco como todo norteño. Un hombre que desde joven ha sabido lo que quiere, pues como los pistoleros del Viejo Oeste, ‘donde puso el ojo puso la bala’, y aquella jovencita que lo cautivó y enamoró con su inagotable belleza, Gloría Pedrín es su esposa desde hace ya 46 años; la madre de sus tres hijos: Gloria Emma, Felipe y Juan Carlos.
“Es una mujer muy bella. Quiero que veas porqué me enamoré”, me dice, y me enseña una foto preciosa de ella en su juventud, pero recalca: “Está más bella ahora con el atuendo de mujer, ahí estaba muy chamaquita”.
Pero Don Felipe también ha sido así para los negocios.

Su gran acierto empresarial

Felipe nace en Hermosillo, Sonora en 1945, con la herencia gastronómica de su familia yugoslava, por lo que ya graduado en administración de empresas llega a Tijuana con la idea de emprender un negocio de mariscos. Para ello fue a conocer el restaurante “La Costa” de Don Adrián Pedrín, a quien no sólo hizo su amigo, sino su suegro.

Así, el amor llegó a su vida y regresó a su tierra. Pero al perder a su primer bebé, vuelve a Tijuana.

“Mi esposa cayó en depresión, y como no estaba con su familia, no me quedó de otra más que traerla para que se recuperara. Fue un impacto traumático; sólo tenía 19 años”. Ya acá, se dio cuenta de que no había restaurante de carnes, y quiso poner su propio negocio.

Y así, tuvo un encuentro circunstancial que le cambió la vida. “Estaba lloviendo mucho, y yo estaba parado en la esquina de séptima y revolución, y no me di cuenta de que había un charco, y un oldsmobile grandote me salpica y me moja mi saco nuevo”, recuerda que dijo toda clase de improperios por el incidente, cuando ve que el carro se regresa, y piensa: “me escuchó, y viene a reclamarme”. Pero cual fue su sorpresa, que el conductor no sólo se disculpó, sino que le ofreció 25 mil dólares para emprender el negocio. Se hicieron socios, y “El Rodeo” nace el 19 de marzo de 1972.

“Ha sido punto de reunión para un sin fin de personas honorables, importantes empresarios, controvertidos políticos, parejas románticas, pero sobretodo familias que siguen con la tradición de pasar siempre un momento feliz”, afirma Don Felipe al hablar de el restaurante, ahora en manos de su hijo Felipe.

Sin rodeos

Pero en medio del éxito, la falsa felicidad del alcohol, tocó a la puerta de Pavlovich del Razo, y lo atrapó. “Caí en un alcoholismo muy desordenado”.

— ¿ Y a qué se lo atribuye usted?

— A complejos yo creo. Algo traía ahí mal. Además, mi abuelo, mi papá, y los hermanos de mi mamá, fueron alcohólicos también.

Incluso siendo adolescente, Felipe pierde a su padre precisamente a consecuencia del alcohol.

“Mi papá andaba tomando, y cae en un problema serio de hígado, y el 26 de diciembre fallece. Yo no sabía que hacer ni que onda. Y cuando probé el alcohol olímpicamente, fue como si mi papá me pasará los aros para seguir tomando”.
“Para empezar a trabajar, Roberto (su socio) y yo, nos aventábamos dos vodkas y una bohemia. Y luego a la hora de la cena otra vez”.

“¿Qué pasaba con mi persona?

El Buki inicia con una canción muy interesante que dice más o menos así: ‘Que difícil es vivir sin ti’. Parece que está hecha para un alcohólico, porque cuando lo probamos, nos transformamos y tiramos al verdadero yo, y usamos al de la fantasía, y se va haciendo mucho la costumbre de ser el que no eres, que te vas carcomiendo al que verdaderamente eres, y así me sucedió”.

“De repente no podía vivir con alcohol ni sin alcohol, me atrapó. Tomaba y no me hacía ni bienestar ni malestar; me hice inmune. Me caía en las calles en medio de los carros, borracho, perdido completamente”.

“Fue un 24 de marzo de 1994, cuando me interné en Oceánica y vino la reencarnación de mi vida. Aunque no quería salir de ahí, tenía pavor, porque todo lo había destrozado. Todo estaba embargado, acabado”.


Levantarse y reinventarse

Con el apoyo de su familia, esposa e hijos, Felipe logró ponerse de pie, y reinventarse. Y aunque de todos sus negocios emprendidos, sólo conservó “El Rodeo” del Blvd., pudo al fin sentirse un libre.

Así, después de cumplir 30 años como empresario gastronómico, decidió jubilarse y emprender otros caminos, logrando devolver mediante el turismo médico, la gloria que había perdido esta ciudad en años complicados de inseguridad. Su legado en este ramo, junto con otros personajes de la ciudad, como el presidente del clúster estatal de servicios médicos de BC, Ricardo Vega, es muy reconocido. Además participa en el patronato del Museo del Trompo, de la Ibero y del Instituto Cumbres. Apoya a jóvenes empresarios y en el grupo liberados. Pero ante todo, Felipe Pavlovich del Razo ha encontrado en compartir su testimonio con jóvenes que han caído en el alcoholismo, una nueva razón para vivir. “Me dedico a rehabilitar borrachos, porque tengo que dar lo que he recibido. Tengo muchos ahijados”, dice con su característica sonrisa a flor de piel, al hablar satisfecho, sobre su nueva misión en la vida.

En Breve

Libro Favorito: Sidharta
Artículo Indispensable: Su anillo de casado
Compositor Favorito: Agustín Lara
Mayor Fortaleza: Mi templanza
Mayor Debilidad: El buen gusto
Frase favorita: “La amabilidad es la forma más elevada de la sabiduría”

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