EL ROUSILLON

EL ROUSILLON

Por Dionisio del Valle

“A veces uno encuentra lo que no está buscando” ALEXANDER FLEMING

El Midi francés es un océano de un verde inabarcable. Solo navegando por sus suelos puede uno aceptar que no existe un homenaje al vino como el que se profesa en este sitio. Si el Languedoc es la mar en calma, el Rousillon es la fotografía geológica de la tierra que nomás no se estaba quieta.

Desde las estribaciones de los Pirineos se contempla, con estupor, lo que alguien que sabe de lo que habla, describe como la península española entrando en Francia. Y sí que lo puede uno imaginar. Con uencia de aluviones, granitos temperizados y materia calcárea. Capas geológicas alguna vez en pugna. Olas de piedra que un día decidieron quedarse en paz y dejarse cubrir por este manto de tonalidades infinitas.

APENAS VERLO

Ver para creer: piedras redondas, acariciadas y pulidas por un mar que ya no está y que las arrojó como constancia de su presencia milenaria hasta allá, a la punta de un cerro impensable. Suelos negros de pizarra en contraste con el verde limón de la Grenache, que se delata en cada curva del sinuoso camino, que no es nuestro sino del jabalí que estaba en estos lares antes que ningún vidueño.

Fierro hecho tierra que pinta los caminos de rojo. Cicatrices vivas de este planeta con sus elementos siempre en lucha fragorosa. Atrapados en los cuarenta grados que, nadie podría creer, en algún momento del año éste mismo panorama estará cubierto de nieve. Los cambios de humores de esta nuestra casa de esfera.


EL CAMINO DE LA MONTAÑA

Maury es el sitio de partida, o de llegada, no importa, porque en estas cañadas vigiladas y protegidas por los Pirineos Orientales, da la impresión que nada empieza ni termina. Ahí estamos para entender qué pequeños somos, al voltear la cabeza arriba y sentir cómo se te viene encima la cordillera de Les Corbieres, una ola verde petri cada. De ahí, si quieres, emprendes el camino a la montaña. Quienes conocieron a Asterix y a Obelix sabrán de lo que les hablo; recuerden que esta es tierra de cátaros, que no se nos olvide.

Nos acompaña el argüende de las chicharras que se mueren de la risa del calor y de nosotros, que sudamos a mares. Cruza por el camino un pequeño puerco salvaje y es que es zona de trufa negra. El jabalí que persevera las come sin tener que pagar doscientos euros en un tres estrellas, aunque también le gustan las uvas, por lo que hay que cercar los viñedos para evitar que este glotón quiera postre después de cenar.

Y subimos, sin darnos cuenta, quinientos metros de montaña. Trepados en los hombros del gigante somos testigos de cómo se enganchan los viñedos en sus laderas.

Hacemos un alto para admirar desde allá arriba el acueducto romano que descansa en el recodo que termina en el represo de Caramany, apenas visible desde las alturas. Estamos en el pequeño poblado de Feilluns, habitado por quienes han conservado la tradición vinícola del Rousillon por años que ya no se pueden contar.

DE REGRESO

Al descender pasamos por Sournia de Prats, un villorio esculpido en la punta de un mondadientes, cuarenta casas quizás y, como todos los poblados de la zona, rodeado por ese tapete de verdes eternos. Y es que no solo hay Grenache, también encontramos Cariñana y Syrah, Muscat de Alejandría, Malvasía y Cinsault, por nombrar a las que más se dejan ver. Las denominaciones son muchas: Banyuls, Lesquerde, Rivesaltes, Maury y Tautavel, por hablar de las principales. Vinos blancos, rosados y tintos. Hay de todo en la viña del señor.

Al bajar por la pequeña carretera son evidentes las terrazas abandonadas en las que hace tiempo se cultivaba la vid, ahora desiertas como un estadio vacío. Antes de llegar otra vez a nuestro punto de partida visitamos La Borde Vielle (La Casa Vieja), un viñedo que resume en parte la magia del Rousillon.

Veinticinco hectáreas en manos de un hechicero son su cientes para materializar los sueños que se inventan en la tropósfera, un lugar cercano a la punta de los Pirineos ¿o existirá un mejor sitio para encontrar algo que nos está buscando?

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